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Michael Haneke | director de cine

La primera vez que vi una de Haneke experimenté a lo mejor la misma vuelta de ojos del lector que en 1871, entre la mermelada de suspiros aleteantes y amores de encaje, sin carne ni hueso, leyó eso de:

Cayó sobre mi espíritu la noche,
en ira y en piedad se anegó el alma,
¡y entonces comprendí por qué se llora!
¡y entonces comprendí por qué se mata!

Supongo que cuando terminó de interpretar los versos el lector decimonónico se daría cuenta de que detrás de los cisnes, los relojes de cuco y las mesas de té había hombres y mujeres que sangraban (si por Bécquer fuera ya se hubiera dado cuenta también de que defecaban, pero eso se siguió después…). El impacto sería de hoyo de meteorito, aproximadamente. Análogo al descubrimiento de la descomposición del volumen pictórico de Picasso en unas prostitutas o la vanidad (y al mismo tiempo el Universo) del señor ese que va delante de nosotros por la calle, en el Ulysses joyceano.

Fue 71 fragmentos de una cronología del azar (1994). El iniciado que entonces ya empezaba a ser sintió el vértigo ese del hombre que miraba con un ojo el reloj de bolsillo y con otro las estrofillas becquerianas. Qué más se puede decir con una cámara o, mejor, cuánto no deja de decirse. Para no convertirme en el destripador de un futuro hanekenómano diré que ni uno solo de los fragmentos me resultó irrelevante. Solo la narrativa del niño rumano vale más que cien películas malas sobre la inmigración (sentí incluso una influencia –de las buenas– sobre el Kaurismäki de El otro lado de la esperanza).

La segunda andanada fue Funny Games (1997). De esta tardé en recuperarme –incluso físicamente–. Uno era una persona ya adulta que creía hasta en la bondad del ser humano, pero aquello me abrió los ojos (nuevamente no quiero adelantar trama alguna)… y eso que en su día fue un retrato modélico del perfecto psicópata hoy en día es un simple retrato de costumbres. Lo que más me impresionó, más incluso que todas las hojas de acero en las entrañas que desfilan por la película, fue su cuestionamiento del cine, y hasta del espectador.

Llegué a Caché (2005) con el corazón dispuesto a ser debidamente asaetado, como en la famosa iconografía de Jesús. Y la película seguía siendo demoledora, aunque perdiera mucho de la violencia (fílmica, eh, fílmica) de Haneke, quizá por Auteil y Binoche, la pareja de actores, demasiado civilizados y consagrados (y pese a que son actores franceses que admiro desde hace mucho) para un director que gusta del pasamontañas del intérprete sin historias por detrás. La parábola sobre la educación y la violencia se hace diáfana al final, lo que le da un aire de vieja fábula neoclásica, aunque la araña de la técnica narrativa ya ha tejido para entonces lo suficiente como para que no dejemos de preguntarnos quién puñetas lo graba todo. Pues Haneke, definitivamente compinchado con nuestro sadismo espectador, como en Funny Games, aunque él disfrute haciéndonos creer otra cosa…

En Happy End (2017) el ropaje de la comodidad burguesa no deja de ocultar la dolorosa úlcera en el ano (por decirlo esta vez como Rimbaud) de las cuestiones palpitantes del director: muerte, placer, dolor, odio, final. Aquí todo es más tenue: tranquilo que no hay sangre, parece susurrar cada plano al siguiente. Pero el final, marítimo y cruel, vuelve a colocarnos al pie de unos caballos que nosotros mismos, con nuestra insaciable curiosidad, hemos espoleado durante los 106 minutos precedentes. Ya tenemos nuestro carnet de salvajes espectadores de Haneke. Enhorabuena, parece articular con una sonrisa el director al fondo.

Y nosotros, que por fin hemos comprendido, que alcanzamos algo de la verdad (o su imposibilidad), terminamos susurrando aquello de:

¿Quién me dio la noticia?… Un fiel amigo…
Me hacía un gran favor… Le di las gracias.

Me reservo una coda (entre media docena más de películas buenas suyas, algún montaje de Mozart, etc.) para El vídeo de Benny (1992). Una vez más Haneke es maestro en lo que filma y en lo que oculta: hay siempre más sangre y más dolor en sus elipsis que en sus planos. Y siempre también está esa perturbadora incomodidad de hacernos cómplices de sus fechorías

Hay un documental que intenta explicar algo de la perplejidad y el azotamiento espectador ante el cine de este hombre:

Y dos libros recientes, uno coordinado por el acertado Albert Galera (La estética del dolor, 2017) y otro de 2018 con medio centenar de entrevistas al director.