La desgracia | Y su consolación

Al Casi la paz de mis obsesiones veraniegas (ya han empezado) le ha salido un vástago europeo que terminará uniéndose a la rama madre, y que posiblemente se publique conjuntamente, con el subtítulo de La vieja Europa, o algo así. Esta es una muestra de ese odre. A veces lo que sigue a la desgracia puede ser el reconocimiento. O así lo quiere soñar este cuento…

El viaje era también una forma del infierno. Ni los trenes de la muerte adocenada, ni la oscuridad de las letrinas del millón de defecaciones, ni los pasillos sin vuelta en los que el terror tomaba forma humana, a veces incluso conocida. Llegamos en la primera hora de una mañana en la que el frío nos rescataba del ataúd de nuestra singladura. Tormentas y ventisca, olas que no reparaban en quién tomaba de cubierta para que lo devorara la ciénaga del océano. Éramos extrañas teselas de un destino unánime, ahí, brillando dentro de nuestras ropas mojadas en esa noche sin nombre que ahora atracaba. 

Todo el pasaje que aún sobrevivía descendió por las escalas resbalosas, bajo la mirada de apenas un centenar de hombres y mujeres, en la burbuja de silencio que coronaba el malecón. Pocos eran los reconocidos entre la multitud, a casi ninguno le esperaba la recompensa de una mano que se aproximase o un abrazo. Pero quiso la misericordia –o la mala conciencia– que pronto nos quedáramos solos no más de dos docenas de condenados –¡sí, todavía lo éramos!, tristes y chorreantes estatuas, sombras que se recortaban contra la popa de nuestra última cárcel–.

Hasta que yo fui el único. Mi perfil se adelgazaba contra el lomo negro del muro del malecón. Pero desde arriba, apoyado en los salientes y las argollas de fierro del muelle me contemplaba también el único de nuestros valedores. Llevaba minutos enteros afinando su mirada, que sobrevolaba como un ave rapaz en los contornos de mi miseria. Fumaba el cigarrillo que luego me ofreció. Era un tipo de vestuario casi igual de escaso que el mío, aunque seco. Me sacó de las brumas para invitarme a un coñac en el primer café que se abría a esa mañana de nubes grises como borricos.

–No creo yo que pueda serle de mucha utilidad, amigo mío– le confiaba mientras lo veía reparar en mis hombros, adivinar lo escuálido de mi espalda, detenerse en las manos arracimadas de dolor.

Me dijo que no le importaba, como sin convencimiento. Pero sus gestos eran seguros, y había en su decisión como ese viento que no deja de soplar en las velas. Pidió a un camarero apenas despierto varios cruasanes y mantequilla suficiente para untarlos. Pagó con una calderilla ingente y sucia. Pero suficiente también.

–Pongámonos en marcha, por favor.

Sus palabras tampoco eran gratuitas. No nos esperaba vehículo alguno en los alrededores del puerto. Así, pierna tras pierna, nos vimos saliendo, sucesivamente, del puerto, de la plaza que lo atenazaba, de la ciudad y hasta de sus suburbios. El camino, una brecha en medio del campo, desembocaba en una olla que me recordaba con horror las fosas. Pero el olor a espliego era el hilillo que me ataba, en la noche del día y de la vida, a ese descenso.

–Es allí.

La covacha era apenas una zahúrda. Aprovechaba los desniveles de la falda de la loma y medio siglo de uniformes militares, colgados y tensos, para ubicar ahí el lugar central de la vida de este hombre que me había rescatado de la muerte. Era ya hora de la cena. Un delicioso olor a comida lo culminaba todo. Apedreados por el camino, no tardamos de dar cuenta de media docena de arenques por barba y una sopa que combinaba de la mejor manera la patata y la zanahoria. Lo presidía todo un pan moreno pero de barriga algodonosa y el cauce almibarino y frío de un vino blanco que ya era para mí el mejor que había probado sobre la tierra.

La mano del anfitrión me guió por el pasillo azulejado hasta la habitación más firme de la vivienda. Era como la capilla de sus deseos, un pequeño vergel cuyo cielo eran las vigas más seguras del domicilio, aromadas de madera de almendro. La cama no por ser humilde era incómoda. Allí iba a aposentarme, como si mi vida entera no tuviera más sentido que el sueño escrito en su mínima almohada y el canto blancuroso de sus sábanas, cuando este extraño salvador del muelle me reclamó:

–Venga por aquí, que quiero enseñarle algo.

Como si fuera un ábside de esa capilla, con los mejores muebles –sino los únicos– del antro, me introdujo en ese ámbito escogido, acaso el primero que sentía como mi hogar en muchos meses. Esa misma mano, poderosa y curtida, como si en ella se hubiera encarnado toda la dureza de la guerra, descorrió una cortinilla viva en sus remiendos y dejó ver un chifonier destartalado, sin cajones, donde había colocado, meticulosa, casi amorosamente, láminas de un panel pintado con pigmentos de colores. Era una estantería. Vi orillos y palabras conocidas, casi amadas ya de tanto nombrármelas, entre el hambre y los huesos. Vi tejuelos en sombra y lomos con mi nombre. Vi las pieles de la rústica cubiertas por el polvo y la mugre de los años. Pero estaban todos, casi todos. Todos los míos.

–Algunos nunca los pude conseguir en alemán. Pero las traducciones son muy buenas.

© ‘Un lector’, La vieja Europa, en Casi la paz, 2021

Información para lectores y lectoras del blog: a esta entrada seguirán, sin solución de continuidad, dos del Calendario 2021 atrasadas (Price y Ligeti) y después (tras un necesario agradecimiento a los mecenas de Poe no ha muerto) la correspondiente a este mes, para el inmenso L. M. Panero. Mis disculpas, este ha sido un periodo muy excepcional...