contema cincuenta

gourmet

Sé que abrirán las puertas y nos hallarán como cadáveres, cuando solo somos cuerpos colmados de la ambrosía y el néctar. Sé que este negocio nuestro nunca les atrajo demasiado, cuando lo veían desfilar, como al acaso, ante sus ojos de pasos veloces, medio escondido por sus puertas cortinadas con encaje y sus trampantojos en los cristales.

Ahora, al borde de la indigestión letal, qué poco importa su consideración; pero esta empresa, aunque insignificante, la iniciamos con la única oferta de sugerirles todo lo mejor: si un vino, una fruta escarchada, un pan de extraños cereales, una compota o una torta inédita nos gustaban ya eran suyas, en el escaparate. No escatimamos en pruebas ni en la ruina de nuestros días, dilapidamos acaso esa vida mejor probando cosas que se comen o se beben cotidianamente (unas lentejas, un trozo de chorizo, el tinto de un envase de cartón) y que al final nos habrían llevado a la feliz, útil, práctica monotonía de los tenderos.

Pero preferimos este precipitarse sobre lo nunca gustado, este andar en el alambre de unas alitas de pollo confitado con palomitas, este desgastarse sobre un cordon bleu envuelto en chocolates y porcionado para ser consumido en silencio, en la soledad de los metros o las oficinas.

Y ustedes nos respondieron con la indiferencia, ustedes no comprendieron por un solo momento nuestra interior lucha, que nos destinó a jamás asentir ante la necesidad de mostrarles en los escaparates vulgares palmeras de azúcar, arrastradas delicias de bollería industrial, botellas de serigrafía gastada por la dipsomanía o el consumo diario.

Ahora aceptamos ese destino, ahora sabemos que cuanto gustamos nos tenía que llevar a esto. Y este convencimiento nos ha arrojado a consumir, tras los estragos del crédito y las sobras del ahorro personal, las propias existencias del comercio. Primero con la precaución de no dejar demasiados espacios tras el vidrio que nos muestra; después ya sin mengua ni medida alguna, deleitándonos plenamente en nuestras elecciones, sin la mesura del comensal, sin el recato del degustador.

Por eso no se extrañen cuando junto a la franja plástica y policial, en el callado rincón de la tienda que limita con nuestro almacén ya vacío, encuentren nuestros cuerpos, cogidos de la mano, doblemente saciados por lo que no podrá encontrar en sitio alguno.

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016
Nota: es el contema 20 de la segunda serie.