contema sesenta y cuatro

Los habitantes de X deben declarar sus sueños al despertarse. No importan su cantidad o su contenido. Multitud de funcionarios se mantienen agazapados en las puertas de los durmientes a la espera de las declaraciones, sucintas pero reveladoras. Quienes no recuerdan lo que soñaron son advertidos. Quienes fueron advertidos y siguen sin recordar viven la pesadilla del acoso. Una vez anotados y analizados, los sueños constituyen el cuerpo (así vienen a llamarlo) de las inquietudes de los ciudadanos.

Se clasifican y se pesan, entonces. Hay sueños ligeros, que acaban en un pájaro o en un retrato. Hay sueños levemente groseros, envueltos en la gasa de una sopa o una zarpa que se aproxima. Los hay gruesos, definitivamente pesados, y toman la forma de una mazmorra o un año.

Quienes soñaron lo adecuado siguen soñando; quienes lo inconveniente adecentan sus horas con levedad y amortiguan con ondas de armonía su rudeza. Los carceleros del sueño solo se desencadenan si la ensoñación adquiere un manto de universo, de esfera.

Después de esto, hay quienes escapan a ese mundo y se olvidan de la cárcel o del funcionario inspector. Y los sueños son suyos. Son propios.

Quienes se resisten al apercibimiento han de tributar con sus sueños al bien común. Racimos soñados de ilusión, casi nubes de tenue velo, que refuerzan a los funcionarios y a los carceleros, y entonces esta máquina vuelve a engrasarse para la mejora de unos pocos. De todos.

Para quienes sigan sin soñar, o no recuerden lo soñado, o simplemente quieran soñar lo suyo y no lo de los demás, tan solo queda mencionarles que los habitantes de Y no deben declarar sus sueños al despertarse.

 

 

© félix molina, 2018, del texto y la ilustración

 

Nota: se trata del contema cuatro de la tercera serie.

 

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