contema setenta y siete

Es una estructura cubierta, inmensa, no podríamos decir que infinita. Aún. Las personas, como atraídas y a la vez escogidas por la boca de hangar, pululan como hormigas por ella, único refugio posible. Su habitación es sucesiva, pronto deben mudarse a la estancia siguiente, porque les empuja la población trasera, impaciente. Apenas ocupan una misma estancia más de unos días, que cada vez son menos. Hay módulos que son como playas sin sol, otros como bibliotecas de anaqueles vacíos o libros sin escribir, otros como hoteles sin mobiliario y sin puertas, otros como nichos gigantes. En cada uno de ellos deben realizar las funciones de la vida familias enteras, parejas, hombres y mujeres solitarios, que se van disgregando, coaligando, que emergen y que cesan en el trasiego cotidiano de los pasos de un módulo a otro.

Luego, quienes no son anuentes a seguir este tráfago se implantan en una de las porciones habitacionales y allí cumplen alguna función útil para los que se suceden: servir comidas, interpretar algo, enterrar a un ser querido que se abandona atrás.

Apenas se recuerda porque el recuerdo es parecido a la muerte, algo que se tuvo unas estancias atrás, que no puede dilatarse en esta, que habrá de deshacerse por fin en los últimos continentes conocidos: todo es de la sustancia del ala de una mariposa, del valor de un sueño, de la consistencia de una sombra.

No sabemos, he ahí nuestra incertidumbre, si este espacio es finito, si acabará en algún instante o es que rota circularmente, en anillos rotundos y paralelos excavados alrededor de lo que fue la Tierra. Permanecemos en esa búsqueda, en ese mismo afán. No nos distraigan, por favor.

 

© félix molina, del texto y de la fotografía, 2018
Nota: se trata del contema diecisiete de la tercera serie.
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