Ai Weiwei | Resistencia y tradición

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Fui a ver esta exposición casi empujado por un ascua de luz roja que ardía en las esquinas de las calles de Sevilla. Era el cartel que la anunciaba, y en él figuraba esta instalación de arriba (Descending Light), que quiere ser lámpara rodando por los suelos y es muchas cosas a la vez. Estar en su gigantesca compañía (sí, uno se siente acompañado por este objeto) es sumergirse en un buen número de sugerencias, con el deseo de tener siempre bien abiertos los ojos para disfrutar de las tonalidades encarnadas que orean la incandescencia y el tamiz de la sala, humedecida por un silencio cartujo. Pero ocurre que abrir los ojos debajo del agua puede ser muy incómodo.

En este artista pekinés que está llegando a la sesentena, las ideas fluyen arracimadas, conjuradas como uvas de la ira, rompedoras, pero siempre dotadas de un asidero estético, de una belleza que acaba por conmoverte.

La exposición que plantó en Sevilla, en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC, 1 de febrero a 23 de junio de 2013) comenzaba con una pantagruélica instalación de pipas de girasol (Sunflower Seeds) , que, nada más entrar en la sala, te abrazaban con tiernas toneladas de grisura. El realismo y lo corto de la vista le hacen a uno pensar que estamos ante una cosecha real, dispuesta como un océano de semillas. Luego es cuando uno se entera de que la obra es colectiva: de que son objetos únicos, historias de porcelana que cada artesano particular arrancó minuciosa, individualmente a la nada, para integrarse en un mismo mar –por cierto: el icono de la semilla de girasol es el que se revela en la barra del navegador cuando uno accede a la curiosa web del artista http://aiweiwei.com/ .

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Esta conciencia de que la tradición es una poderosa arma del futuro se respira en cada pieza, hasta llegar a la que ocupa el misterio central de la exposición, llamada Ghost Gu Coming Down the Mountain. No se sabe si la intención, el azar o algún incidente verdadero acaecido con una simbólica anciana ha dispuesto unas hermosas vasijas de porcelana, alineadas como un ejército de mudos guerreros, con una ausencia. Porque faltaba una –como puede verse en la foto- en la instalación de Sevilla, al menos en el día en que tuve la suerte de visitarla. Al parecer se trata de un accidente real –y costoso, como puede leerse aquí. Sin embargo, una foto a tamaño natural del artista rompiendo una vasija en la misma estancia nos hacía sumergirnos de nuevo, con los ojos abiertos esta vez a la zozobra de las coincidencias y el arte, esa vieja música que lleva acunándonos varios siglos (Thomas Mann-una epidemia de cólera-la música de Mahler-Visconti; ahora Ai Weiwei-una señora mayor-un centro de arte contemporáneo: ¿otra obra colectiva?). Una cadencia cuyo eco se hace bello y fuerte a la vez en la creación de este individuo felizmente airado.

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