La mujer de la arena | Kôbô Abe

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En el año 2013 de nuestra era, después de un centenar y pico de años del nacimiento de Franz Kafka, y unos pocos años menos de la creación del mundo literario que arrancó a la nada entre la sublimación y la extrañeza –y su amigo Max Brod librara de esa otra nada del fuego-, parecería que todo lo tocante a nuestro caos, como especie y como organización social, ya está escrito.

A Borges le gustaba decir de Kafka que fue el importador del principio de regresión infinita a la literatura. Acciones y personajes que, apenas se atisba la luz al final del túnel, vuelven otra vez a su errático principio. El infierno se zafa así de su condición espacial  -esa morada de las llamas y otros sufrimientos de las religiones del Libro- y se disfraza de secuencias temporales donde la iteración tiene el mismo efecto desquiciante que un clip audiovisual que se repitiera ad eternum.  Kafka prefigura casi sin saberlo –no le adivino la estética ni la intención de un Verne- las infinitas selvas de códigos donde parejas de ceros y unos se replican, intentando labrar nuestra palabra y nuestro camino, a la busca no se sabe bien de qué.

Sin embargo el tokiota Kôbô Abe (1924-1993) sí que parece querer modelar un rinconcito del infierno en las arenas tranquilas –y de aguas por entonces totalmente libres de sospecha- de una playa japonesa. En su novela La mujer de la arena (Sunna no onna, 1962, editada en castellano por Siruela en 1989), su personaje central, un empático entomólogo, aburrido de sus ocupaciones docentes, comienza persiguiendo mariposas, después procede a la búsqueda de escarabajos, y termina enredado en la tela de araña de un mujer cuya casa remeda un agujero negro, llena de oquedades y humedad salobre.

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Lo curioso de la novela es que su kafkiano personaje sabe de lo absurdo de su cautiverio, incluso se rebela contra él, pero hace del razonamiento y la cordura una tonelada de movedizas arenas incluso más poderosa que la que le rodea. Es como si el Josef K. de El proceso sufriera y gustara a la vez de enfangarse en los infinitos folios de su acusación, intentando justificarla una y otra vez, hasta convertirla en el centro de su existencia. La mujer de la arena, como otras espléndidas novelas japonesas de la época (por ejemplo La presa, o Shiiku, de Kenzaburô Ôe, de 1957) es heredera de esa conciencia que convierte a la vez a cada japonés en una víctima y un culpable de su desgracia. Ya que uno conoce qué puede ser de lo kafkiano después de Hiroshima y Abe, uno se abisma pensando qué hubiera podido ser de esta angustiosa condición literaria y humana después de Auschwitz, en los ojos y según la mano del propio Franz Kafka, al que la tuberculosis sólo le dejó enunciar apenas el infierno.

Como ocurre con su inspirador -uno recuerda los escarceos casi propios de insectos de El proceso-, las salitas de espera de este averno nuestro se llenan de sensualidad también en Kôbô Abe. La mujer de la arena es por eso una difícil historia de amor sin amor, donde lo único cierto de nuestra temporalidad es lo que se filtra por nuestros sentidos; todo lo demás es engranaje, dispositivo, procedimiento, molécula. Lo que de verdad nos conecta con la vida es el beso, lo que nos une a ella es el abrazo, lo que nos salva de su vacío es el tacto.

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Otra coincidencia: también Abe ha tenido, como Kafka, suerte con las adaptaciones cinematográficas de su universo. Hiroshi Teshigahara hizo una hermosa  adaptación de esta novela en 1964 (La mujer de la arena, o de las dunas http://youtu.be/FZpn5RkB5WA). Un bello poema visual con planos que nos invitan quizás a una ideación menos angustiosa, acaso más etérea que la de Abe.

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