Obras varias | Ryūnosuke Akutagawa, Osamu Dazai, Yukio Mishima

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La literatura japonesa (pienso que de todas las épocas aunque desconozco su periodo clásico) parece ser un vivero bastante poblado de creadores suicidas. Disculpadme el jueguecito entre vida / creación y muerte, pero la sugerencia nos la sirve la lectura atónita de un buen número de obras con esta temática de la literatura nipona. Y no digamos las vidas que se esconden –es un decir, porque todo suele ser muy diáfano con estos creadores– detrás de este puñado de obras.

Valga comentar ante todo que si yo conozco estas obras es por la pericia de unos seres que se vienen denominando traductores y que, en el caso de la literatura de este país oriental, trabajan hasta en parejas. Crean para nosotros, que rozamos casi siempre el monolingüismo pelado y mondado, mundos que proceden de un ventarrón desatado a miles de kilómetros y unas decenas sino cientos de años de distancia.

Tal sucede con Yumika Matsumoto (que ella o él me perdone pero tengo que convencer varias veces al corrector de word para que me escriba su nombre) y Jordi Tordera, que vierten cristalinamente todo el magín atormentado y sepia del malhadado Ryūnosuke Akutagawa –o al revés, claro –, en su Vida de un idiota y otras confesiones, siete escritos de este tokiota que decidió vivir entre 1892 y 1927.  Akutagawa es de un humor ciertamente triste, pero luminoso. No es un oxímoron. Parece que entre toda esa escritura que he tildado de sepia se dedicara con la linterna de su observación inquieta, de una sensibilidad morbosa, a hurgar entre las cosas y proyectarles como un haz de luz que las colorea por un instante mágico, de iluminación, de satori.

Mikan (“Las mandarinas”), el cuento que encabeza esta serie, va de esto. Y es el que más me gusta del lote. Es una especie de dardo anaranjado que se clava en el corazón del lector de todos los tiempos que haya siquiera husmeado una peripecia similar, como viajero en un tren.  Le siguen otros seis relatos que comparten un mismo alter ego, Yasukichi, y una clara intención homodiegética, donde el narrador (esto parece un hallazgo más bien de los compiladores de este tomito) parece desesperadamente precipitarse hacia el suicidio, hasta que nos damos de bruces con su propia nota de despedida. Por lo demás Akutagawa se nos figura como un tipo afable, de corte occidentalista, anglófilo (objeto de la admiración de Borges, no en vano), que uno se imagina perversamente como instructor de inglés de los kamikazes que se arruinaron en las guerras del pacífico. Un soñador desesperanzado que queda perfectamente retratado en la frase que el prologuista Carlos Rubio (en la cuidada edición de Satori) le cita: ¿Es que no hay nadie que me haga el favor de venir y estrangularme silenciosamente mientras duermo?

Sillas suicidas

 

La otra pata de este desolador banco es Osamu Dazai (1909-1948), otro tipo de tokiota, más urbano, más hosco, si se quiere más desgarrado. Por lo pronto intentó quitarse la vida (el take his life out de los sajones me parece más gráfico) despeñándose por todo tipo de vertidos de la ciudad, sólo o en pareja.  Su muerte a los 39 años, atado con una cuerda roja a una amante (uno piensa que fue más que nada la pareja que finalmente accedió a sus propósitos) y hallado en un viaducto de las afueras, debió de ser un acontecimiento a medias entre discreto e incómodo en la vida cultural de la ciudad (a vueltas con lo mío: la muerte siempre suele ser incómoda para la vida).

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Sin embargo, y aunque pudiéramos pensar en un Bukowski japonés, los cuentos que nos presenta Yoko Ogihara y Fernando Cordobés en sus Ocho escenas de Tokio editadas por Sajalín revelan un gusto muy oriental por el detalle –esto por fortuna nunca abandona a los japoneses, por muy turbulentas que sean sus existencias. En el relato traducido como Delicada belleza, una joven bañista de un sanatorio es descrita como la perla de una ostra cuyos ostiones son sus presuntos abuelos. En otra narración, la que da nombre al libro, quien cuenta –un trasunto de Osamu– describe límpidamente su agitada imaginación como una polilla a la luz de un farol de papel agitado por el viento. Lo cortés parece no quitar lo valiente, y en este caso la ausencia del exabrupto que tanto ponderamos en el realismo sucio y la presencia de una mirada ante todo poética no debilita las cargas de profundidad de un autor que encuentra la existencia desabrida, falta de una mínima semilla de sentido.

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¿Y Yukio Mishima? Pues como su suicidio de 1970 fue literalmente retransmitido, y su prosa y su vida/muerte son ya suficientemente célebres por estos lares, dejaremos su cabeza sesgada (objeto hasta de imaginativas biografías, como la de Fernando Molero) por una vez en paz y si alguien quiere enjugarse de su espíritu, amante perpetuo de la muerte desde su nacimiento, puede visionar Yokoku http://youtu.be/I669ICjeJWI , donde él mismo previsiona con elegante ceremonia su deceso.

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