contema uno

rosadecristal

Conseguí alimentar mi esperanza y, tan pronto como pude, descendí desde el matraz superior al inferior, a través del más delgado serpentín que había visto en mi vida. Allí llevé una existencia apacible, sin más rigor que la esperanza aquella, que todavía me sujetaba a mi ilusión.

No era difícil mantener una habitación o buscarse un desempeño en el naciente mundo del matraz inferior. Se sucedían tareas que en el superior serían impensadas y quienes las sustentábamos recibíamos admiración y sueldo. Se destinaban puestos para las zonas más alejadas del centro radial, adonde nos conducían retorcidas pipetas, con sus habitantes quisquillosos.

No cambiaba palabras con mis compañeros, porque toda amistad era una burda reverberación de lo que me guiaba, esa visión, única para nosotros. Cada cierto tiempo me imponía eliminar toda mi trayectoria en una zona determinada del matraz y yo mismo me destinaba a otra, sin que nadie comprendiera mis motivos.

Los trabajos eran simples y siempre consistían en la limpieza de las paredes de vidrio, que era la obsesión de quienes de alguna manera nos mandaban. No era un esfuerzo agotador, pero nos ocupaba las horas del día de tal modo que las noches pasaban en balde. Ni siquiera desplazarse producía el efecto de aproximarme a ti, y por eso deje de navegar entre probetas y tubos para establecerme en la parte oriental del matraz desde donde se divisaba una estancia completa. Además también influyó la comodidad, todos los servicios y diversiones que nos distraían de nuestro pensamiento estaban allí.

Nunca pensé en trasladarme de nuevo al matraz superior. Las efervescencias y luminarias de aquel espacio estaban en boca de todos y pronto se organizaban misiones para el regreso, ahora que la estancia era posible y deseada. Así se fueron despidiendo legiones enteras de los nuestros, pretextando una familia anterior que los reclamaba o un compromiso que no acabó de zanjarse con la venida al matraz inferior.

En el último mes del año, fijados en mi determinación, y con una población ya inferior muy escasa (apenas nos veíamos los mismos en los habitáculos comunes del matraz) fui llamado por quienes nos mandaban y no pude argumentarles razón alguna para mi partida, pese a que con cada gesto me facilitaban mi marcha. Tenía un presentimiento y quería serle fiel, simplemente. A primeros del año siguiente ellos también se fueron, con la excusa de la nueva organización del matraz superior.

Pasé un año solo en la inmensidad del matraz inferior, sin más destello que el que nublaba mi cabeza todos los días con la diversidad y rumores de arriba, que eran divisables desde cualquier región de abajo. Puntos que se movían de izquierda a derecha, y al contrario, y yo sabía que representaban una historia entera: nacimientos, celebraciones, esperas, resoluciones, transcursos y decesos trazando sobre mi sus estelas brillantes, con el augurio siempre de un sonido alegre, como una carcajada, o un punto de silencio, que lo quebraba todo.

Mi silencio era tenaz, pero también se alternaba con panorámicas de la estancia que contemplaba desde mi ámbito oriental, desatada en ocres y esmeraldas a los pies mismos de mi habitáculo. Se contemplaba desde allí un cúmulo de expedientes, derramado sobre la parte más frondosa de una moqueta. Emergían figuras embatadas, alguna sería la tuya,  que pasaban a la altura del matraz dejando ver un bolsillo con iniciales o instrumental brillante que proyectaba su sombra dentro, junto a mi habitáculo.

Yo ya esperaba poco de mi situación. Pero allí, y en el preciso momento de esos paseos, ocurrió que un rostro se aproximó a nuestro (debo decir nuestro por los habitantes de arriba) matraz. Y fue entonces donde me reflejé en aquel ojo en que a ti te pareció ver el aura de algo con vida, que se movía.

(c) félix molina, texto e ilustración
Anuncios