Crónicas birmanas. Crónicas de Jerusalén | Guy Delisle

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He conocido a un dibujante y escritor canadiense de cómics, Guy Delisle (n. 1966). Vamos, no he almorzado con él, ni me lo he encontrado en un autobús, pero he leído dos de sus tomos de crónicas de viajes y creo (a lo mejor es una suposición) que lo conozco.

Esta ha sido, ciertamente, la primera sensación que obtuve de la lectura de estos dos libros suyos. La siguiente fue que el mundo podría ser, alguna vez, un lugar feliz. El dibujante me lo transmite a pesar de que ha trabado un conocimiento intenso de los peores agujeros de la tierra, armado sólo con un lápiz. Acompañante de su pareja (no es tanta redundancia si lo pensáis dos veces), este hombre se ha embarcado en una peripecia de varios años, en los que ella, que trabaja para la itinerante misión francesa de Médicos sin Fronteras (http://www.msf.fr/), se ha movido por el Asia y el Oriente Medio más contundentes, Birmania (o Myanmar) y Jerusalén. Sitios de donde es difícil haber salido sin alguna herida, moral o física.

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Pero Guy Delisle tiene en su mano reinventarnos un mundo –para nuestras mesas camilla o nuestras cabeceras o el sillón orejero que da nombre a esta colección de la  editora, Astiberri– que, junto al amargor nunca escondido por el dibujante, tiene la cualidad de ser amable. Pasamos por el horror (en su variado surtido: enfermedad, hambre, falta de libertad…) de viñeta en viñeta, pero Guy lo que nos provoca son unas enormes ganas de ser vecino suyo, de estar instalado, de repente, en un suburbio birmano, o judío, o palestino.

Hacer el infierno accesible no es una labor sencilla, pero este canadiense no se ha colgado una cámara al cuello, sólo ha llevado su manera desentendida de vivir a las aristas más terribles del planeta y, de paso, ha conseguido que nos impliquemos más que nunca en ese dolor que se abre camino, cada minuto, entre los obsoletos palacetes de Birmania o las desoladas callejuelas de Jerusalén. Su personaje (se ha creado uno para sobrevivir a todo esto) es un trasunto suyo al que Guy ha robado la traza de expresión de la boca. No hace falta sonreír o demacrarse para que sepamos que una persona sufre, y esta inteligente economía me parece un rasgo discreto y a la vez elocuente. Quizá él ha pasado con sus lápices por ahí como los profesionales de Médicos sin Fronteras pasan sobre una pierna que se descompone o un corazón que se para.

Entretenido en sus hazañas de occidental (en medio de las cotidianidades mortales del Oriente), los capítulos se van sucediendo y es más que complicado fijarse algún punto de lectura para otro día. Vivimos con él (y su pareja, y su descendencia, y sus vecinos y compañeros) la asfixiante paradoja de Myanmar, ser prisionero en una especie de edén, y también la desasosegante calma que precede a todo lo que uno quiera imaginarse en un mercado cualquiera de la “Ciudad Santa”. Además, ocurre que el autor es un dibujante con un sentido delicioso, miniaturista, del paisaje, y nos hace planear sobre estas ciudades convertidos en momentáneos (todo lo es, también es algo que se aprende de estas lecturas) pájaros de cómic. Dos recomendaciones: el paseíto por el budismo en un monasterio de su barrio birmano, durante un retiro espiritual que termina abandonando (por motivos obvios y occidentales) y el que nos lleva al trasiego del barrio ultraortodoxo judío, rodeado de la cogorza colectiva de una celebración, entre barbas pobladas y coronillas cubiertas.

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Desde hace algunos años, Guy Delisle mantiene un blog (http://www.guydelisle.com/), no menos amigable que sus volúmenes. Ahora que termino esta entrada, confieso que va a ser el primer autor que etiquete y busque después en twitter o facebook, sin miedos ni reparos. Acaso, como las de la botella en medio de las olas, él lea o le lean alguna vez estas palabras, puede que le provoquen una sonrisa (de esas que nunca se dibuja) y cortésmente nos invite a los tres a acompañarles en su próxima singladura –o mejor no, antes al menos quisiéramos conocer su destino…

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