contema dos

estrategia

Yo fui el periodista sobre el que tú sabías, claramente, que una cuestión directa de las suyas, en el momento preciso, podría derrumbarte. Y no me convocaste durante toda una vida. Yo menudeé tantas ocupaciones… Y en todas fui la exacta persona que sería, animado por un interior que no descansaba.

Primeramente advertí, en mi educación, señales tuyas, que aparecían publicadas en los libros de texto, entre las otras páginas de la Historia. Eras todavía joven ahí, colocado entre anónimas figuras de nuestro pueblo, que te hacían grande. Muchas veces yo fui mal calificado por tu culpa, ahí empecé a darme cuenta de tu exigencia desmesurada.

Luego conseguí empleos donde alternaba la observación con el control, y en una de nuestras fábricas pude verte distintamente, ubicado en la planta inferior, epicentro de una masa que te adoraba. Tú miraste, sólo por un momento, hacia arriba.

Después de eso, empecé a escuchar voces (eso me parecía), escudriñé en mi interior y, como no hallaba nada, me desesperé. Me despidieron, ya nunca más vigilé nuestra producción.

Una mujer me acogió y pude ser feliz mientras tú serías por ese tiempo, probablemente, desgraciado. Ya me llegaban tus mensajes electrónicos en blanco, tus llamadas perdidas, y ello sólo me infringía entonces la posibilidad de un espíritu. Por fortuna recordé algunos fundamentos que me sirvieron para avanzar en este mundo. Redactaba. Corregía. Editaba.

En mis viajes de placer me asaltaban tus voces. A veces en meros y rutinarios formularios. Otras en rótulos oficiales. A veces las transmisiones de radio, televisión o los noticieros digitales de internet también me traían ecos de tu llamada, pero no eran explícitos, y yo seguía mi rutina cotidiana, admirando la heroicidad de los otros, tan próximos a ti. No sé si llegaba a intuir tu invocación, oculta a todos, pero presente, como una paranoia, en mí transcurrir.

Después de muchos años, alternando tareas auxiliares y vagas aspiraciones comerciales, volví al periodismo. Me asignaron labores informativas en las regiones más apartadas, que yo cumplía sin problemas. Allí me acostumbré también a la lectura, y también en los libros me parecía advertirte, bajo la desazón de ciertos párrafos.

No parece un trastorno grave, me dijo un especialista, cuando lo consulté en un viaje a la capital, después de todo algunas manías o ideas persecutorias cursan así.

Acabé en la radio de esa provincia, una de las pocas que no visitaste, envuelto en la elegancia cotidiana de breves piezas musicales sobre las que dejaba deslizar, con acentos muy suaves, mi voz, esa que tú tanto temías. No era un programa que aceptase llamadas de los oyentes. Pero fue mucha tu insistencia. Una voz cavernosa pudo oírse en el pequeño estudio. Era la tuya. Yo sólo lo comprendí todo cuando, ya en el aire, quedamos en silencio, mientras advertía esa demora que no acababa de preceder a tu respuesta.

(c) félix molina, texto e ilustración
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