Varias películas | Varios directores

urgabella

No me vengo a referir en estas reseñas a que los cines estén muy caros y ya casi vacíos, para desgracia de todos. Hablo sobre el desierto, la ausencia (de vida, de dicha, de dolor) y el espejismo como recursos temáticos, en películas donde este escenario (sea terrestre o no) es más que un decorado y se mete en las entrañas mismas de sus personajes.

Cronológicamente, la primera que me sorprendió fue La mujer de la arena  (Hiroshi Teshigahara, 1964), ya referida en mi reseña de la novela del mismo nombre, que me condujo directamente a la literatura de Kōbō Abe . Única de la serie que no he visto jamás en una pantalla grande, y que quizá se me esté apareciendo en sueños precisamente por eso. Es una historia que, como ya dije, surge de la arena, de sus propias y elementales partículas, y hunde a todos sus personajes en la ciénaga de su transcurrir. No he sentido nunca la ominosa presencia de un ambiente a la vez tan poético y asfixiante como el de esta película, que guarda además los planos más bellos de un desierto que conozco.

mujerdelaarena

En 1991 me llegó, muy joven acaso, Urga, el territorio del amor, de Nikita Mikhalkov. Reconozco que, para lo bueno y lo malo, es una película tan espectacular como otras del director (léase El barbero de Siberia), pero aquí los personajes llenan el desierto de la estepa asiática con una inocencia que nos devuelve a algo, nunca sabemos bien qué, que nos reconforta. La irrupción del pastor mongol en la pequeña ciudad de provincias soviética, y su demora en atracciones de feria y chucherías, acunado por valses de Manchuria, hacen de la evasión de la realidad un mandamiento y salí de la sala pensando en nubes de algodón y en tatuarme por gusto una partitura en la espalda. Pero los personajes (incluyendo al camionero soviético) están totalmente invadidos por la estepa, tanto que ni la televisión los arrastra a más que una rudimentaria instalación de antenas –por cierto que esta secuencia creo que nos gusta a más de uno. Es el triunfo de la tierra sobre el artificio.

teleurga

En Historias mínimas (2002) y Bombón, el perro (2004), de Carlos Sorín, el desierto, más bien la pampa, es una imposición, una ventosa con que el destino oprime a los personajes, parece que para frustarlos o enfrentarlos así a la rutina de su derrota. El comercial que roba kilómetros a su soledad o el parado, artesano y cumplidor, que amaestra a un perrazo son argumentos de la tristeza, pero también de la fortuna de estar vivos, pensamos al final. Son formas, al cabo, en que el ser, humano o no, ha demostrado que la adaptación al medio (como la del perro protagonista) es posible, aunque dolorosa. O al menos traumática.

bombonperro

Mucho más terrible es verse literalmente inmerso en el océano -sí, justo en medio de-, pesadilla con la que apenas nos atrevemos a fantasear cuando vemos flamear en el horizonte de nuestras playas los estandartes o plataformas de algún barco -no digamos ya si vamos a bordo de la embarcación. Lo que sucede en el desierto marino de Mar abierto (Chris Kentis, 2003) no por predecible (creo que es la película con final más cierto desde los primeros minutos del metraje) es menos horroroso, y se llena de una angustia que podríamos hasta calificar de universal.

openwater

Esta peliculita podría rodarse en múltiples lenguas y con diversidad étnica de intérpretes, pero creo que en todos los casos la aprensión que sufrimos sería en términos absolutos la misma. Se demuestra con ello que el horror no conoce, claro, idiosincrasias, y los post-productores de estos largometrajes –es una idea– podrían prescindir perfectamente de subtitulados y doblajes, dejando solo al espectador, rodeado de tanta crudeza. Ello sumaría aún más pavor. Si cabe.

[Continuará en otra entrada, Desiertos de cine (y II) ]

Anuncios