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Fuimos comisionados, tú y yo, para eliminar las palabras más desagradables y las más exacerbadamente bellas del lenguaje. Era del todo así, puesto que un comité entero de lingüistas estaba pendiente, día y noche, de nuestras comunicaciones, y procedía con posterioridad a la eliminación. Las palabras quedaban entonces permanentemente vedadas, en los distintos idiomas, para su pronunciación o para su escritura. Nunca más disponíamos de ellas. El objetivo era, decían, lograr idiomas más puros. No se había encontrado otro camino para la superación de la violencia que la inexpresión del lenguaje. Siendo inerte sólo sería informativo, un cauce, como las paredes externas  de un volcán que sustenta los cuerpos sin acomodarlos al paisaje, sin que los cuerpos puedan tenderse en su lecho para el alimento, el amor o el sueño. Pasaje.

Seguíamos caminos diversos, yo exploraba la hosquedad y tú el derrame. Eran por tanto distintos nuestros lugares de cada día, yo acababa en barrios que no conocía de nuestra lengua, y allí acabé enredado en las historias que iban hilando las palabras de mis vecinos. Ya empezaba a creer ciegamente en la doctrina de quienes nos encomendaron esta misión. Las palabras anticipaban un modo o un diseño, una disposición de la vida. Los insultos zahirientes precedían necesariamente al crimen.

De tu lado me llegaban por otra parte los discursos de la ociosidad y la perfección. Cada día hablábamos, ya fuera por teléfono o mediante internet, y cada día prescindiendo de más palabras, las que habíamos apresado tú y yo el día anterior.

Yo te figuraba eliminando todo el esplendor que siglos enteros de sibaritas habían tejido sobre los seres y las cosas. Lo rudimentario era tu afán que, de todas maneras, siempre sobrepasaba en mucho mi meta, que era simplemente una expresión más correcta pero que huyese de lo zafio.

Este trabajo nos cansó, pero pronto percibimos en los demás la languidez que iba introduciendo en nuestro mundo la ausencia de ciertas palabras. De las mías y de las tuyas. Sólo esa limadura y mis lupanares parecían enmoquetados, o tus vestíbulos colmados de llaneza. Todo esto nos producía una mediana satisfacción.

Con el tiempo la gente aprendió a prescindir de la lengua, de cualquier lengua, para comunicarse. Se supo que los gestos eran la forma más adecuada para resaltar cualquier expresión, o mejor, para significar algo. Fue entonces cuando se comisionaron también a quienes velasen por una sobriedad gestual. No conocemos sus trabajos. Sólo sabemos que quienes contemplen desde un mirador privilegiado de las ciudades la hilera de trabajadores, o de ociosos, o de alborotadores de un día cualquiera verán siempre la misma fila uniforme, dispuesta siempre al recogimiento.

Terminada nuestra misión, tuvimos la curiosidad de conocernos. Nos remitimos un correo electrónico donde quedábamos citados en una ciudad intermedia. En la cafetería el silencio era envolvente, nunca había sido tan aguda una ausencia. De aquel día en que coincidimos recuerdo como miré tu boca, que se abría y cerraba, queriendo hablar, pero sin decir nada. Remedo de la mía, que también lo intentaba. Estábamos mudos.

(c) félix molina, texto e ilustración
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