[Viene de Desiertos de cine (I)]  

salavacia

Cuando conocí El perro mongol (Byambasuren Davaa, 2005), entablé una relación distinta con el desierto, con la estepa. Los personajes de esta suerte de documental acaban por hacernos envidiar su vida, rural hasta las uñas, y todos queremos terminar con nuestro sedentarismo levantando y recogiendo yurtas sin fin, hasta la última que nos acoja. Es aquí cuando acabamos de comprender al inocente Gombo de Urga. Nos resolvemos soñando con una vida donde los caminos nos proyecten. A dónde sea, pero que nos proyecten. El vacío del desierto no lo es, ni mucho menos, del hondón de sus gentes, que se nos hacen entrañables, a pesar de la brutalidad en que muchas veces incurren por su modo de existir. Las tomas son bellísimas, y se nos hacen pese a ello muy accesibles –tanto que a uno le parece, a veces, cuando está en el campo, que va a desembocar en uno de los milagrosos riachuelos que orean la película. Lo que triunfa sobre la rutina de estos pastos es la hospitalidad sin excusas de la naturaleza.

perromongol

No tardaremos cronológicamente más de un año (2006) en encontrarnos otra vez al desierto como enemigo. Me refiero al desierto político (es también una frontera, y vaya frontera) que comparten -es un decir- México y Estados Unidos, donde transcurre una de las historias que se entrecruzan en la Babel de Alejandro González Iñárritu .

babel

Del  disparo fulminante en otro desierto magrebí al inicio de la película acabamos, parece que por obra del efecto mariposa, arrastrándonos en el páramo mexicano, o más bien estadounidense, de uno de los retazos finales, donde la hostilidad de lo inhóspito se convierte casi en una bofetada redentora para la pobre protagonista de esta historia, cuyo único pecado es haber querido vivir. O haber querido, sin más. Es una imagen desoladora y moderna (en el peor sentido posible) de los estragos del vacío, en este caso no sólo paisajístico sino moral y social. Por cierto que un desierto metafórico es en Amores perros (2000), del mismo director, el pisito puesto y de lujo –con terroríficas galerías subterráneas por donde circula un particular perrito de compañía (¡)– en que ha parado la modelo protagonista, despojada ya de todo lo que llenó –y vació– su vida.

Si no creemos posible una historia de amor, discreta, sin ropaje alguno, en medio de este baldío, Las acacias de Pablo Giorgelli  (2011) nos viene a convencer de lo contrario. En este caso el amor fluye de una espita muy fina, casi imperceptible, pero que va minando cada expresión, cada gesto de los dos insobornables protagonistas, un camionero y su acompañante, mujer con la alcuza de su hijo casi bebé a cuestas. Cada tímida precipitación, cada portentoso avance, es también un paso más en la complicidad del espectador, que se temía lo peor del hastío en medio de tanta vastedad. Después de todo el metraje, lo que puedo decir es que desearemos, más que nada en el mundo, seguir con la mirada la cabina de ese camión o la callejita de ese suburbio final, un poco, sólo un poco más, a ver qué pasa. Se nos queda pequeña la pampa entera dentro de la inmensidad que son los sentimientos callados, dulcemente amordazados de los dos personajes.

lasacacias

Concluyo con un desierto reciente y extraterrestre, al menos de más allá de la atmósfera. En Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) nos las vemos con un paseo estelar y nos hacemos con una mínima comprensión del anillo satelital (y la basurilla adyacente ) que hemos creado alrededor de la Tierra. Heredera de aquella mítica Sigourney Weaver en Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), la leve astronauta que encarna Sandra Bullock nos mete también debajo de su escafandra para llevarnos al vértigo y la soledad de las estrellas, haciendo nuestra su lucha por mantener la fina hilazón que la une con nuestro planeta. Lo que más me sorprendió de esta película (aparte del paseíto estelar, con efectos 3D incluidos) fue la peripecia lingüística que en la versión doblada que yo visioné (por mor de experimentar los efectos) hacía a la cosmonauta dirigirse, ya sola por completo, a un Houston que no la recibe. Hay tal amargura en esto que, de repente, venimos a acordarnos de que nosotros también somos humanos, como esta tripulante que tiene que hacerse con los mandos de una nave que no conoce, y acaso alguna vez en nuestra existencia, sino muchas, también tendremos que dirigirnos a un auricular a miles de kilómetros de distancia, para que nadie nos oiga, para que quizá sea sólo el ladrido de un perro o el canto de un pájaro todo lo que nos devuelva a la vida.

gravity

He ignorado películas como la singular tv road movie El diablo sobre ruedas, o Duel (Steven Spielberg, 1971), París, Texas (Win Wenders, 1984), Dune (David Lynch, 1984), El planeta de los simios (Franklin Schaffner, 1968) o la saga Mad Max (George Miller, 1979), donde la mucha acción o lo azaroso de la trama me han alejado algo más de la sensación y el ambiente desérticos, pero que también justifican que nuestro deambular por el mundo quede más integrado en algo en apariencia tan inhumano como el más vasto de los espacios. Independientemente de que, hoy en día, los ocho, puede que nueve euros ya, de un espectáculo que empezó siendo tan barato, acaben dejando más despoblada cualquier sala de cine que la pampa, la tundra, la sabana, la estepa, el piélago o el más negro agujero de estas inolvidables películas.

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