contema cuatro

demasaire

Naciste y, nada más abrir los ojos, te elevaste por encima de nuestras cabezas, donde la habitación había tejido una araña de cristal para alumbrarnos. No sabíamos ni sabemos a qué achacar tanta levedad, pero ahí estaba, testigo de nuestro asombro.

En los primeros años fue tan difícil: un primer paseo que acababa en los árboles, a los que instintivamente te agarrabas, o alcanzar siempre lo más alto de todas las carpas, de todas las naves, de todos los hangares. Una soga que adaptamos con un arnés a tus extremidades siempre nos aproximaba a ti, ya que la gravedad no nos acercaba.

Después de aquellos primeros años, te veíamos siempre melancólico, en tus tejados. Ni tu madre ni yo supimos nunca ni sabemos ahora qué esfuerzo podríamos invertir para que compartieras nuestro suelo, que nunca pisaste, por mucho que compensáramos tu peso con cargas que arrastrabas desde tu altura. Tanta predominancia no te hizo soberbio pero sí distante. Entendías nuestros problemas pero nos daba siempre la impresión de que, en un momento dado, desanudarías la soga que te ataba a nosotros y te veríamos alzarte, sin obstáculos intermedios, hacia zonas celestes, con efectos imprevisibles de la altura para tu organismo, como tanto temíamos.

Creciste. Tus inviernos eran más gélidos y tus primaveras anodinas, tan apartado siempre de la circulación de los besos y el estrechamiento de los brazos –quien osara abrazarte sabía también que te perdería tan pronto como dejara de hacerlo.

En los veranos apenas acariciaste el mar, pese a tu mirada perdida sobre los acantilados, desde las torres de aire en que te erguías. El otoño te llegaba destilado en hojas que preludiaban copas vacías, donde morabas caviloso para susto de todos.

Envejeciste. Tanta altura no te hizo bien nunca, cualquiera podía notar cuando te acercabas, a través del sofisticado sistema de contrapesos, o de la compostura de tu traje gravoso, las muchas arrugas de tu rostro de poco más de cuarenta años y las dificultades de unas articulaciones poco practicadas. También la desnudez de los afectos –salvo los nuestros– o la taciturnidad de un carácter que hacían siempre pensar en miríadas de sueños o deseos, pendientes también del cielo, como tú mismo.

Pese a eso fuiste fiel al suelo que divisabas, y a tus padres en él.

Los últimos días no fueron tampoco fáciles. A todos nos resultó desgarrador, a pesar de lo apacible, soltar una soga y que la oblonga caja, como un proyectil, se abriese camino entre las nubes.

(c) félix molina, texto e ilustración
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