Mis relatos favoritos

“Papeles pintados” (de Los cautivos, Lima, 1960) | Julio Ramón Ribeyro

papelespintados

Una muchacha, con el racial nombre de Carmen, ocupada en un “trabajo” de juventud de los de hace 50 años (que bien pudieran ser los de una mujer o un hombre de cincuenta de hoy, siempre nadando) y una voz innombrada (muy del gusto del autor) que identifica al narrador, de edad indefinida pero imaginamos que algo mayor que la chica. Un mismo destino que es encontrarse en la antesala de un cabaret de tonos y ambiente impresionistas, anclado en el Barrio Latino de un París de la mitad del siglo XX. La infinita postergación de un encuentro siempre aplazado en un hotelito. Una desordenada afición por los afiches o anuncios de viajes. Poco más necesita el gran Ribeyro (1929-1994) para que este cuento empiece a correr por nuestras venas nada más acabemos de leer su último párrafo.

No es una historia de amor, asunto que apenas se nombra, de manera discreta, casi divergente. Tampoco de sexo, que queda casi sepultado entre las resmas de cartelitos arrancados a la desilusión por parte de la protagonista. En el fondo es una historia de nada, de esa gran nada que se nos cuela entre los hombros todos los días y acaba por empujarnos al precipicio. Y Carmen lo quiere tapar con cartelería de agencias crucerísticas –hoy su afición no le ocuparía más de un lápiz de memoria, pero en aquel entonces su habitación de fonda resultaba desmesuradamente pequeña para su ilimitado empeño.

El problema –y bendito– es, como casi siempre en Ribeyro, el narrador. Nunca se sabe si está aburrido de la vida o si apenas empieza a saborearla. Es ese amigo que nos conduce por el relato a medias con sapiencia y con –advertimos que peligrosa– ingenuidad, para después ser atravesado por la misma lanza que el lector. En principio hombre de mundo, pero también rancio individuo, enormemente fastidiado por ese encuentro que no llega, un tipo que sofoca el fuego de las bellas ilusiones (aquí la majadería ilustrada de Carmen) con un extintor de razones y prejuicios. Quién es el narrador de Ribeyro. Gran misterio. Renunciamos a una interpretación biográfica.

Luego, tras un remanso del cuento, nos hallamos ante el aldabonazo, que acaba delatando nuestras peores (o mejores, eso según quien lea esto) sospechas sobre el narrador, una frasecita con las dimensiones adecuadas de un tuit de los nuestros, pero que suena lúcida y seca como una piedra, sin más detención que el charco de nuestras conciencias: No hay cosa más aburrida que las confidencias tristes de una mujer a la que no amamos.

El delicioso cuentito lo comparo, en su especie más breve, con “La juventud en la otra ribera” (de Silvio en El Rosedal), casi una novelette, fechado algo más tarde, en 1969. Y en París. Una inteligente aportación, en ambos casos, al género del burlador burlado que, en el caso de “Papeles pintados”, maquillado con cierta toma de conciencia del narrador (más empatía de loco que otra cosa), se resuelve en un regresivo final donde nos encontramos al narrador convertido en otra Carmen, en un obseso más, perdido en un París de carteles rotos. Y por algo que ni siquiera puede ser llamado amor. ¿O sí?

28710396Nota práctica: la edición donde puede leerse este cuento es la de sus Cuentos completos, Ed. Alfaguara, 1994, con prólogo de Bryce Echenique, ya que Los cautivos nunca se publicó como un solo libro. Es un volumen difícil de encontrar en librerías en la actualidad –otros de esta colección han corrido mejor suerte.
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