contema cinco

nadiemas

Te levantaste temprano, sin que supieras ciertamente qué era temprano, allí, en ese allí sin dónde. Te pusiste las gafas, aun con una lente fracturada, aun cuando eran las de otro pasajero. Pero veías bien.

Leías una página, de ese libro que apareció a tus pies. Era una historia que no entendías, porque estaba en una lengua que no era la tuya, pero sobre todo porque cada dos, o seis, o quince páginas desembocaba en una que estaba carbonizada. También escribías notas en las páginas en blanco, detrás de una con el pie de una imprenta de Michigan, Illinois. Entonces es cuando viste, mezclado con la carbonilla que aún se agitaba entre las palmas, el hilo, siempre ascendente, de humo blanco.

Te encaminaste hacia la otra parte, donde los pasajeros, como cansados de tanto tráfago, parecían haberse detenido por toda la eternidad. Tanto silencio parecía imposible.

No era agradable, pero una pulsión interna te advertía de que debías ir hacia allá: quizá esa fuera tu única oportunidad. Conforme avanzabas, el hilo se hacía columna y el blanco, más intenso, se acompañaba con una como vibración, un ulular después. Eran ellos.

Te aproximabas sin prisa, de todos modos; era más bien cómo si te estuvieras distanciando. Por el camino, recogías cosas. Sin orden, tal y como se habían ido disponiendo en el limo. Una pulsera contra el dolor. El velcro de un vestido. Un guante. Un pastillero con cápsulas para una enfermedad incógnita. Más víveres en conserva. Otras cosas no te interesaban.

Horas (o puede que días enteros) atrás habías descubierto con desazón tu ordenador portátil. Lo encendiste, esperaste, más pausadamente que nunca, con una tranquilidad inusitada, el remedo de palmeras en una playa de aguas blancas, que iba poblándose de iconos con nombres conocidos. Probaste la conexión a internet, pero cuando sólo quedaban minutos, tal vez segundos para efectuarse, cerraste la unidad. Otras veces ya no pasaste por entre aquellas cosas, mas que cuando necesitabas lo imprescindible. Un lapicero. Una funda para guardar trajes. La pequeña cúpula de cristal de un reloj analógico. Más víveres.

Pero ahora ya estabas instalado junto al palmeral más alto. Era evidente desde allí un sonido de máquinas, como rumiando, que cada vez se hacía más perceptible. Trepabas, pues cada vez te era más fácil, y no como en la primera hora, o día, en que te encaramaste.

El aire era allá arriba perfecto. Se divisaban otras superficies, no sólo la que tú pisabas y ya conocías casi en toda su extensión. Había una bruma cálida que lo acariciaba todo.

Entonces era cuando la recordabas, eso es cierto.

Al fondo, como en tantos cuadros que habías visto colgados en despachos y en las estancias apenas habitadas de los domicilios, se veían sus aristas, la botonadura del cobre, la profusión de torres que parodiaban a los rascacielos, y su avance, paralelo a las conchas de los prismáticos que habías encontrado junto a una gorra con dos elefantes de punto. Te parecía incluso escuchar el chasquido de las palabras de una lengua extraña, acompañando a los diminutos puntos animados que danzaban de un lado a otro por la plataforma.

Intentabas, porque así te lo dictaba tu cuerpo, alzar los brazos, articular algo que sería un grito, tirar del bolso de rafia, con iniciales de mujer, donde habías provisto alguna bengala, incluso dos listones metálicos que al choque de sus cantos producían casi una detonación.

Detrás observabas nimbos que iban asalmonándose, y una corona que oscilaba entre el azul y el verde, casi bañándolo todo, instalando todo el silencio increíble de abajo ahí arriba, donde tu vista ya se perdía.

Y justo en ese momento era cuando pensabas que, a pesar de todo, tal vez aún era demasiado pronto.

(c) félix molina, texto e ilustración
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