contema seis

interiornoche

Se cierra la puerta, enteramente labrada por ambos lados, el exterior con molduras que semejan elefantes; el interior con cóncavas palmeras. Hay un aroma denso, promulgado por los mozos que van incendiando un fogón de almizcle. Fuera, la mujer da un grito, al ver a un niño –es suyo– de apenas más de un año rodar por el suelo. Hay un murmullo apagado, y luego la tormenta de los hombres en masa, cientos de ellos a caballo, miles sobre sus pies descalzos, bajos sus hombros de camisas raídas. Pero dentro sólo hay el silencio. La soprano entorna sus ojos y surge el canto. Los hombres y las mujeres que se fingen sirvientes elevan un coro y entre la escena y el paraíso se sublima el ardor con gestos a veces dulces a veces meditativos. Una farola se rompe y los cristales tejen una corona en torno a un guardia que, sobre el caballo encabritado, ya había clavado su sable en el pecho de alguien. Otra mujer –no la primera– vuelve a gritar, aunque su grito parece el mismo. Y muere. Nuevos soldados aparecen, detrás de la turba, entre las detonaciones. Todo es ya una carrera hacia la plaza misma del teatro.

Dulcemente un tenor va derramando su plegaria sobre el pecho de la mezzo. Y unos contra se van sumando de nuevo en otro coro, que hace soñar a una pareja en el segundo anfiteatro. Y a otra en el patio. Y a otra en la platea. Unos segundos y ya todos sueñan. Un legislador en la cuarta fila, asiento doce. Un notario en la octava, asiento impar. Un joven, sin compañía aparente, que escribe unos versos en la manga. La mujer que gritó segunda está inerte. Los soldados que aparecieron tras la humareda la pisan. Alguien que decía querer a esta mujer ya agoniza en la otra vertiente de la plaza. Un niño llora, pero no es el de la primera mujer, la que gritó. Éste está muerto. Una veintena de doncellas, tras un cómico dúo, se entregan a la simulación de la limpieza. Un hombrecillo ríe destempladamente.

Y todo el auditorio ríe con él.

Entre las paredes del teatro, los hombres de camisas rasgadas buscan un recoveco salvador, pero sólo hallan más soldados, o guardias a caballo. Hay una tercera mujer, pero en silencio, impávida. Se oyen descargas, desgarramientos, fracturas, lienzos que se desbrozan. La mezzo se alza sobre las otras voces para acabar en lágrimas, que se contagian a una doncella –pero ésta verdadera, tercera fila, paraíso impar– y a la señora que limita con el joven de los versos en la manga, incluso al notario. El letrado mira la araña acristalada del techo. Alguien que quiso forzar la puerta cayó ante los elefantes, que ahora sangran. Hay un guardia que quiere retirarlo, como para crear un pasillo entre la hilera más baja de elefantes y las tiras de la camisa desbrozada. Pero entonces surge la tercera mujer. Le arrebata un arma. La empuña. Cae sobre él.

Aplausos. Las falsas doncellas y el hombrecillo. Y la mezzo. Y la soprano. Y hasta el tenor. Todos se inclinan. Como un espejo, el auditorio entero también se inclina ante ellos. El joven ya no escribe versos, ahora su mirada se detiene un instante en la doncella del paraíso, la verdadera. Hay un enorme silencio. La megafonía anuncia un descanso. La subtitulación cesa, el hormigueante hilo rojo dice fin del primer acto. Toses.

La tercera mujer se agolpa contra los elefantes ensangrentados, para que las palmeras se precipiten contra la frente del notario, que sentía hambre y ya desfilaba por el pasillo central. La tercera mujer yace sobre la moqueta, rodeada de todo el silencio posible. El del auditorio y el del escenario. Un soldado, con el arma descargada cubriéndole el antibalas, se suma al silencio.

Esto, señor, se viene sucediendo, aproximadamente, cada cien años.

(c) félix molina, texto e ilustración
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