Provocación / El Aleph | Stanislaw Lem / Jorge Luis Borges

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Allá por 1940, el mistificador –y por ello redomado cuentista– Jorge Luis Borges (1899-1986) se sacó de su chistera una falsa reimpresión de su bienamada Enciclopedia Británica y el conejo que nos ofreció fue uno de sus “relatos” más elaborados, bajo la fórmula de un apócrifo ensayo: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que incluiría en sus Ficciones.  Siempre nos quedará, a los que amamos este modo de ingeniárselas, la espina de haber visto qué juego le hubiera dado a Borges –y de paso a Bioy Casares, su compañero en esta y tantas imposturas– la wikipedia, o la mera e informe profusión de artículos del universo web: cuántos autores, cuántas teorías, cuántos buscadores y los ítems y empresas que bajo ellos subyacen habrían podido inventarse.

Cuarenta años después, Stanislaw Lem (1921-2006), el hombre que conjugó como nadie la sátira y la ciencia ficción, haciendo chirriar la música de las estrellas, se sacó de la manga un par de autores, en realidad tres, para ofrecernos en Provocación dos ensayos (él con cierta modestia los llama reseñas) de temática dispar, si no opuesta: el genocidio y la superpoblación.

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Ya el agudo prologuista de la editora (una especialista en estas lides de la recuperación literaria, Editorial Funambulista), David Torres, apunta cierta relación del “Deutsches Requiem” borgiano con “Der Völkermord” (“El genocidio”) de Lem, fingida publicación que es la base de la primera de las dos reseñas sobre libros ficticios de este volumen. Pero el Otto Dietrich zur Linde del cuento de Borges es claramente un personaje, con su nacimiento declarado y su muerte, y en el Horst Aspernicus que presuntamente pergeñó la enciclopedia del genocidio que Lem (o un trasunto suyo) reseña, el autor de Solaris encuentra a un mero vocero de sus aceradas ideas, por cierto muy limpiamente vertidas en la traducción de Joanna Bardzinska y Kasia Dubla. Nada más propio por otra parte: el argentino es un especialista en fabricarse personajes, tan rigurosamente increíbles como finalmente veraces, que duran lo que un cuento; y el polaco en engarzar silogismos, con perlas del pensamiento tales como el apunte estético de que “nada creado por primera vez puede ser kitsch”.

La segunda de las reseñas sobre referente ficticio de Lem, “One Human Minute” (“Un minuto humano”) incide en una visualización, a través de la hipérbole de la Estadística –aquí como capitana de las Feas Artes– de los efectos que tendría consignar cada (sí, cada) suceso humano, por miserable que sea, en el cuadrante al minuto del elenco humano.

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Algo parecido por cierto a lo que quiso sugerirnos el creador de El Aleph cuando se valió de una narración casi costumbrista, exacerbadamente local, para transmitirnos una singular variante del Infierno dantesco, con Beatriz y todo (Viterbo por más señas) y nos legó el artefacto más infinito de la literatura, tanto que ha de valerse de la enumeración prolija para transmitirnos algo de su poder –y cómo adivinamos que se queda con tanto por nombrarnos en ella… En este caso también gana por supuesto en fabulación la figuración de Borges, pero es que el vehículo de Lem es modesto porque quiere ser eficaz: no nos invita a la ensoñación porque lo que quiere es aturrullarnos quizá, dejarnos con la misma preocupación –agobio decimos hoy– con la que el Lem ensayista comienza a teclear esta falsa reseña (así interpreto por cierto, más que como una proclamación contra los genocidas nazis, el título del volumen).

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Una paradoja: he fatigado –cómo gustaba este término a Borges– los confines de la red sin hallar una enciclopedia dedicada a él, que tantas ramificó con sus relatos, falaces enciclopedias chinas incluidas; sin embargo hay una curiosa  Lemopedia  dedicada a Lem, de quien no conocemos intento alguno en vida, si bien su Summa Technologiae puede considerarse una muestra parcial. Acaso esta nota tenga algún sentido si nos anima a una compensación, siquiera virtual y póstuma, de esta inexplicable falta.

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