contema siete

desarmado

Después de la refriega, el hombre A empuña el arma y apunta al hombre B. Éste baja la cabeza. El hombre A sigue al B, intermediados por el arma, y recorren primero una selva, luego un pantano donde recogen y comen granos de arroz tras el diluvio, luego una carretera que sólo termina tras dos noches de camino. Los dos hombres están agotados pero el B sotosonríe y el A tiene miedo. Hay una casa grande, larga, terminada en junco y matorral, ante ellos. Es la primera vez que el B mira al A y pronuncia dos palabras, que A no entiende. Entonces pronuncia cinco, seis más y aparecen en la puerta de la casa la mujer A, el niño A y la niña A.

Esa tercera noche, el hombre A cena y duerme en la casa del hombre B. Apenas duerme, sí. Todo son minúsculos ruidos a su alrededor, recipientes que gotean, lluvia difusa, lluvia pesada, otra vez llovizna. Y dentro roces de tela, tos de niño o niña, algo que puede ser un abrazo, pies que se arrastran, nubes de ronquidos. Prácticamente podría pasar la noche inventariándolos: ruido A, ruido B, ruido C, ruido D… ruido Z.

Por la mañana –tiene que ser la mañana–, la mujer A le lleva un cuenco y él bebe. El niño A sonríe, también la niña. Y luego la mujer A y el hombre B, que es feliz.

Una noche más y el hombre A ya no lleva el arma, que olvidó mientras bebía de otro cuenco. El cuenco F, quizá.

Dos noches más y el hombre A, al despertar, se acercó a una acequia donde el hombre B trazaba surcos de agua que iban alimentando con su trasiego a los rizomas a1, b1, c1, d1… Tomó sus herramientas y comenzó también a separar la maleza para desbrozar los hilillos de agua. Mientras diluviaba, el hombre A y el B se refugiaban en un techado hecho con los rizomas a2 a z2 y bebían un caldo espirituoso obtenido del lavado y hervido de los a3 a z3. Y reían.

Por supuesto que en el noveno piso, habitación D, del edificio A, la mujer B recordaba con perfección –y dolor– cada accidente del rostro del hombre A. Pero lo pensaba muerto, para después soñarlo vivo. Los niños B1 y B2 y la niña B también lo recordaban cuando sus juguetes no les impedían imaginar otras cosas.

Durante el mes tercero, el hombre A, que ya fabricaba muñecos de madera para el niño y la niña A y ayudaba a la mujer A a descuartizar pollos mientras el hombre B se ensimismaba con la hidráulica de los rizomas, escuchó en el aparato de radio una emisión en su propio idioma. Eran de un hombre C y una mujer C cuyos acentos la aproximaban a la mujer B. Decían que la guerra había acabado.

Días después, el hombre A, sin despertar al B, y a la mujer y los niños A, cogió un par de bueyes articulados de madera de boj que llevaban varios meses bajo su almohada, una diminuta silla y su mesa (con un garbanzo grande pegado y pintado como los pollos que el descuartizaba) y enfiló en silencio el camino de las dos noches, el pantano –donde no necesitó comer granos de arroz– y la selva. Después siguió las ropas esparcidas, las conocidas pertenencias ya inanes y algunos restos sin sombra de los hombres A2 a A12 y acabó en una playa, donde otros hombres AX lo llevaron –primero en transbordador, luego hasta en tres aviones– hasta el punto de origen. El punto donde fue separado, dos años antes, de la mujer, los niños y la niña B.

Cuando en la novena planta del edificio A, el hombre A besó a la mujer B, el arma que olvidó yacía enredada entre rizomas, alimentando el subsuelo en torno a la casa de adobe y junco A, mientras el niño y la niña A y los niños y la niña B se entregaban al sueño o al juego, sin reparar en que algún día, quién lo sabe, ellos serían también los hombres y las mujeres A y B.

(c) félix molina, texto e ilustración
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