contema ocho

ley

Cuando la ley de transparencia obligatoria quedó definitivamente instaurada para nosotros, pocos pensaban que fuera más allá de una premisa arquitectónica. A partir de entonces, todos los apartamentos y las casas, también los edificios institucionales o las salas de conciertos, fueron evidentes para todos, gracias al ya clásico cristal de ley. Las personas desfilaban en sus interiores y, en las calles, los paseantes podían distinguir todos su movimientos.

El amor o la muerte, la ambición o la belleza eran un espectáculo y las personas concebían sus vidas como un paseo por las calles, donde observaban, se recreaban, se documentaban o examinaban, con mayor o menor detención.

La vida era por completo pública y eso devino en un declive del arte interpretativo, y del teatro, y del cine. Todos éramos actores.

Por supuesto, nuestros actos eran cuidadosamente analizados, en el cubículo de nuestro pensamiento, antes de cualquier realización. Cualquier mujer o hombre (en los niños todo era, por así decirlo, más espontáneo) dedicaba al menos cuatro horas de su público dormitar a repasar sus actuaciones del día siguiente, incluyendo vestuario, dicción, decisiones, antojos… Cualquier observador, en cualquier momento, podía presenciar esa laguna, debilidad, demora o lasitud de su acontecer y la venganza de perseguir a quien lo había contemplado difícilmente podía compensarnos de la propia exposición.

Cabe pensar que, con el tiempo, tanta visualización acabara en aburrimiento, pero debemos considerar el periodo como escalable. En principio fueron cien o doscientas vidas las expuestas, y progresivamente se contaron por millones o miles de millones, como los usuarios de ordenadores personales. Además, un ingenio contribuyó a que también el cerebro, a través de una compleja operación de subtitulado, fuese diáfano a quien contemplase la ventanita del habitáculo correspondiente.

Los deseos más internos y las ensoñaciones más profundas ya tenían traducción. Por las noches, una barahúnda de personas (observadoras) se plantaba con la mayor acomodación posible ante las casas de otras personas (observadas) para conocer la causa última de su existir. Y al cerrarse casi con el alba la proyección, una mirada oscura entre la turba distinguía a otro como el siguiente objeto de inquisición.

Por supuesto, la ley de transparencia obligatoria, y todo su software y hardware complementario, acabó con el crimen y la corrupción (muchos de los espectadores eran simple policía, en un día normal de trabajo), pero condujo a muchas personas a la discreción exacerbada. Las personas interesadas en no proyectarse comunicaban siempre lo menos posible. Se publicaban manuales sobre cómo no destacar y pequeños secretos para no ser contemplados, sin infringir la ley. Las indicaciones incidían en rasgos muy comunes de conducta: en los gestos, en la apariencia personal, en las palabras. Aseguraban que, si eran seguidas correctamente, un hombre o una mujer podían alcanzar un mínimo de intimidad en sus vidas, que debía de ser como un calorcillo lentamente avivado en una hoguera. Algunas mujeres y hombres guardaban con celo, hasta su muerte, una foto de ese momento que nadie –salvo su allegado– contempló.

La ley se derogó una veintena de años después de su nacimiento. Un albañil de una localidad costera del norte de Europa comenzó a cubrir, ladrillo tras ladrillo, una de sus paredes acristaladas. Un juez alcanzó a no penarlo y esa audacia se hizo precedente para otras sentencias.

Curiosamente, en los documentales televisivos donde el albañil se declaraba, nos confió que lo primero que hizo, oculto tras sus ladrillos, fue leer novelas de Julio Verne y entregarse a la resolución de un viejo cubo de rubik.

(c) félix molina, texto e ilustración
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