contema nueve

composicion

Juliet y yo fuimos al teatro, a esa comedia. A ella le gustan esas piezas y a mí contentarla. El ambiente era lánguido, cierta esencia o aroma y el murmullo de las filas de espectadores movían al sueño. Entonces se abrió el telón.

Nos miramos y llegamos a esbozar una sonrisa por el colorido del cartón piedra. Simulaba con orgullo el de nuestra salita común y eso alcanzaba para que nuestro ánimo se aproximase a aquel desatino inicial de chistecillos dados de vuelta.

Fui yo el primero que se dio cuenta de la conformación de muebles, incluso de accesorios. Eso puede ser hoy una circunstancia asimilable, porque los decoradores no se esmeran y los almacenes suecos de muebles al por mayor facilitan demasiado su labor, como la de todos. Sin embargo ciertos armarios, o un hueco entre el revistero y el rincón más sucio donde se amontona el televisor son difícilmente localizables en otros ámbitos. Nuestra sonrisa apenas empezada se hizo un entreabrir de labios. La gente, en tanto, permanecía atada a la reata de ocurrencias del primer dúo de intérpretes, sin problemas.

A nosotros se nos atrancaba ya hasta la luz, que incidía en la mismas menudencias que las de nuestro hogar –un retazo de ropa interior, la azarosa medialuna de la papelería, dispuesta en la consolita que custodiaba el vestíbulo. Pero por encima de eso estaba el parecido del protagonista. Nuestra localidad de paraíso nos vedaba el detalle de los rasgos faciales, pero ese desenvolverse por la sala –bueno, por la escena–, ese girar de los brazos y, es duro decirlo, esa voz eran los míos. Con desazón, aún no con desánimo, esperábamos la entrada de la joven protagonista en el remedo de nuestra morada. Y, en efecto, la muchacha que daba la réplica al otro también era Juliet –su bracear también era ella, y ese modo tan dubitativo de andar que siempre me atrajo, y el deslizarse calmoso de la voz sobre su persona.

Rotundamente inquietos, vivíamos un drama que era mera comedia para todos los que nos rodeaban. En nuestra secreta comezón ya no alcanzábamos a leer –iluminados por las antorchillas de nuestros teléfonos móviles– el reparto, la minúscula sinopsis, cualquier otra circunstancia que nos fuera terriblemente cotidiana. Los personajes, por fortuna, no tenían nombre (sólo eran hombre segundo o mujer primera); las palabras que describían el trasiego de los actos podían valer para definir esa comedia invernal o cualquier apocalipsis de verano (aunque la persistencia, en letras de molde, sobre cierto asunto que sólo podíamos conocer Juliet y yo, no nos daba tregua).

Fue ella la primera que se sintió autorizada, sin pedir permiso al anciano matrimonio que nos escoltaba, a abandonar su butaca y bajar los escalones que desembocaban en el patio, mientras no dejaba de mirar atrás para que la secundase. Y a cada movimiento de los actores iba progresando, entre la oscuridad y el desparpajo, hacia la escena, para sorpresa de las acomodadoras. Yo tuve que seguirla. Cuando nos unimos en la primera fila de butacas, asistimos a cualquiera de nuestras tardes de este último año, lleno desde luego de incidentes que movían a la carcajada –pero no en la dimensión pública y endomingada que ahora nos horrorizaba. Incluso las leves inflexiones y susurros eran los nuestros. En un cambio de escenario –que simulaba ahora el jardín de los padres de Juliet–, ella se las arregló para encaramarse a las tablas. Y yo la seguí.

Atenazados a nuestro destino sobre el escenario, los cientos de miradas de abajo debían de pensarnos personajes. Y ahora nosotros nos entregábamos, todavía silentes, a solicitar con nuestro gesto una como explicación a lo que estaba sucediendo. Pero los actores se zafaban de nuestra súplica, para regocijo general. Al borde de las lágrimas, Juliet –mi Juliet– gritó una frase. Y todos volvieron a reír.

Ya sólo faltaba mi absurda desesperación para que la risa alcanzase el escándalo. A empujones, Juliet sacó a su parodia del escenario, mientras yo hacía lo propio con la mía –con espanto mayor, una réplica de nuestros dos hijos (a buen recaudo con mi madre en esa noche infausta para sus padres) ya asomaba en la tramoya para unirse al segundo acto.

Dóciles pero extrañamente raudos, nuestros intérpretes ya habían abandonado el patio y buscaban su sitio –el nuestro– junto a los ancianos del paraíso; mientras, Juliet y yo nos las arreglábamos como podíamos porque el tercer acto ya estaba ahí y ahora la trama, sí, empezaba a complicarse, definitivamente.

(c) félix molina, texto e ilustración, sobre mobiliario en miniatura de Félix Cortegana
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