contema once

pasajes

Rara vez llegábamos tarde. La torre se alzaba sobre el páramo, insomne. Al principio era la soledad, pero luego todo lo iba venciendo nuestra destreza. Uno, ya he visto uno. Y otro detrás, decía él. ¿Dónde? Un poco más abajo del tuyo, ¿lo ves? Está claro, qué buena vista.

Nos quedábamos callados un rato, y después empezábamos a apuntar, uno tras otro, sin más comentario. A las dos horas, desenvolvíamos un bocadillo. Pero seguíamos apuntando.

Casi se me escapó uno, es difícil después de la comida. Sí. Pero se aprende a hacerlo. Hay veces que parecen lo que queda de un árbol o una extraña mesa. Mira, otro.

Y sigue la cuenta. Recibíamos pocas llamadas. Una antigua mujer. Un hijo. Hay café suficiente para inundar el sueño hasta el relevo. Siguen llegando, desde todas partes, pero son siempre visibles, desde la torre. Sólo que hay que esforzarse un poco, a veces.

Voy a bajar, no me fío. Haz lo que quieras, yo lo veo claro. Tenemos que estar seguros. De acuerdo.

Unos minutos apenas y lo veo, a mis pies. A él no lo cuento, claro. Parece estar pensando en esto mismo cuando me mira, ajustándose los guantes, sonríe y camina unos pasos adelante. Tiene miedo. Lo siento, como si fuera un olor y ahora se mezclase con el del café que nos ha sobrado. Mira a un lado, a otro. Apunta. Me hace una seña, como para que yo siga apuntando. Ya los veo. Ahora vuelve corriendo, sobre sus pasos, con su sonrisa y con su miedo.

Está contento, ha resuelto bien la incidencia. La próxima, si la hay, es para mí. Lo tengo de nuevo a mi lado, con el aliento frío. Apura el café que quedaba. Hace su llamada de hoy. No es a una antigua mujer, ni a su hijo. Ahora ya no es sonrisa, es risa abierta, como el páramo.

Viene la noche. Se encienden los focos, todos, de la torre. Siguen llegando, por todos lados. Yo veo seis, siete. Él ahora ve menos. Es una década mayor que yo. Pero ya ha bajado, antes, cuando dudamos la primera vez.

Ahora bajo yo. Ten cuidado. Esto no me lo decía hace tiempo. Tuvo que tener mucho miedo antes.

Desciendo los escalones, desde aquí abajo el foco central no ilumina tanto, sólo alcanza para nuestros primeros cien, doscientos pasos. Eso lo saben los otros.

Camino despacio, sólo ramas a los veinticinco pasos, luego restos de los que hemos contado esta mañana o esta tarde. No miro hacia arriba.

Él quiere que mire hacia arriba, lo sé. Pero yo no miro, no sé por qué.

Sigo caminando, cuento ya más de medio centenar de pasos. Nuestro primer límite. Pero no hay nada, sólo la oscuridad, que va apagando la luz que llega por detrás de mi nuca. Pienso más que nunca en él. Todavía es pronto para el relevo, y está tranquilo, no puede beber vino, pero lo desea. Le queda un camino largo, hasta su casa, pero todo es por detrás de la torre. Y sigo sin querer mirar hacia arriba, hacia él.

Qué fácil cuando yo estaba allí, esta tarde. Qué pronto se pasó. Y ahora este caminar, hacia nada, donde quiero que nadie me espere. Me pregunto si podré hacer mi llamada de hoy.

Cien pasos más, segundo límite. Nada. Nadie. Ya es suficiente, doy un silbido, muy sonoro. Así fuimos adiestrados, para obrar en la noche.

Ahora hay que volver hacia atrás, estoy satisfecho pero no seguro, el foco se va haciendo más protector pero en mi mente se agolpa siempre la pregunta, ¿qué pasará cuando no los veamos?

(c) félix molina, texto e ilustración
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