SEFF 2013

fm|al con el X Festival de Cine Europeo  

Camille Claudel 1915 | Bruno Dumont, 2013

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Allá por el final de los 80, otro Bruno, Nuytten, también director de cine francés, nos trajo el oropel de esta dama de la escultura, Camille Claudel, hermana de Paul, amante de Rodin; hoy Dumont nos hace revivir su ruina, cosechada en las estancias de un frío convento donde la sociedad de principios de siglo gustaba de abandonar a sus enfermos mentales a la suerte del tiempo y –si era posible– del olvido.

La Camille de Nuytten era una reina rebelde, una naciente diosa de la escultura, acunada por planos directos que apuntaban siempre a los ojos garzos de Isabelle Adjani. Los gatos que principiaban su ruina –de ahí arrancó la denuncia que la arrastró al cieno, del olor de los gatos–se paseaban con esbeltez por sus ropajes de heroína barroca, perdidamente enamorada; la Camille de Dumont se desespera entre paredes que apenas filtran la luz, mecida entra las ramas secas de los escasos árboles que se arruinan con ella en un patio casi carcelario. Se arrastra del brazo de personas a quienes la enfermedad o el desdén ha condenado a babear. Y sólo percibe una décima parte de lo que puede ser la infinitud cuando palpa el barro –para arrojarlo contra el suelo- o aspira el aire de una loma, desde donde se divisa un paraíso acaso parecido a aquel que otro prisionero, el poeta Leopardi, cantaba.

El poeta de esta cinta, Claudel –el Claudel que la Historia ha bendecido, nunca mejor dicho- es un solemne samaritano, un exacto calculador de la piedad (qué consistente interpretación de Jean – Luc Vincent, noble secundario) que se va aproximando a su hermana muy lenta, parsimoniosa, quedamente, como si fuera saboreando cada segundo de su aproximación; para después despacharla en unos minutos –sin elipsis que valga– o abrazarla como quien acaricia el orillo de un delicioso mueble envejecido.

Dumont es un ojo que se ha colado en las casi penitenciarias (y esta de la película parece digna, no en vano en ella se recluye la hermana de un filántropo), vetustas instituciones para personas con enfermedad mental, o discapacidad, o depresión, o ligeras divergencias con el mundo y sus formas… Su película a mí me ha parecido un latigazo limpio sobre esto, más que un renovado ajuste de cuentas a la desgraciada historia de esta escultora, a la que ya debe irse pensando en dejar en paz (o darle el sitio que merece en su disciplina artística: es difícil hallar en la red, o fuera de ella, más referencia que la fílmica de sus evangelistas. Aquí lo dejo, para los historiadores del Arte).

Binoche está muy bien. Digna. Se eleva por encima de la historia, sin caer en más tremendismo que en el que la crudeza de su destino, y lo doloroso por sensible de su condena, le hace caer. Hay planos –no sé, me ha parecido- en que se adivina que los ojos vidriosos de su rostro, sin maquillar, pero suficientemente limpio, se dirigen a nosotros, espectadores de un festival de cine de principios del siglo XXI, y parecen como implorarnos algo. Algo que estuviera rumiando ella, la Juliette Binoche excelente intérprete del cine europeo, o quizá más bien algo que hubiese regurgitado con ella, desde ella, desde la Camille Claudel estatua derruida por unos cuantos más que Rodin. Algo. No sé qué.

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