contema trece

despertando

Oigo como un fluir de arena. Se va desplazando sobre mi cabeza, muy lenta. Ruidos, pocos. Sólo la ligera sensación del pensamiento que se escapa, por así decirlo. Y una nube de levedad que flota en mi frente. Alzo las rodillas, poco a poco, y lo acompaño con una mano, que toca la madera.

Ahora es la frente misma la que se incorpora, y todo yo detrás, hallando una resistencia más dulce de la que presentía. De hecho ya todo es dulce presentimiento, voy colocando los dedos sobre la superficie y es como una horma que me identifica y me invoca. Estimulado extiendo, lo más que puedo, el brazo y el ruido del gozne lo invade todo. Es, simplemente, la mañana, como hace tiempo que no era –¿pero cuánto?

Voy hallándome en la luz, pero esta intermitencia del descanso termina por agolparlo todo en mi mente. Nadie hay a mi alrededor, y pienso que por fortuna. A lo lejos, ya acostumbrada mi vista a esa perspectiva, creo distinguir a hombres con ropa talar, dedicados a un movimiento sinuoso, que los lleva de una parte a otra de un patio virgen, sólo cubierto por un como musgo.

Avanzo. Son los primeros pasos, pero me alegro al comprobar su sencilla mecánica, y sigo los senderos dispersos entre el mármol y el granito. Hasta desembocar en una glorieta exangüe, que termino por relacionar. Allí sí circulan personas, atareadas y envueltas en su vida cotidiana. Qué rostros más cansados, junto a esta hilazón de todo, que tan poderosamente emana de mí. Por vez primera siento la necesidad de decir algo, de articular mi sentimiento. ¿Podré?

Pasan autobuses y me miro la ropa. Es elegante, como se acostumbra, pero la tierra y el desgaste le han impuesto un color rancio que me haría destacar entre los viajeros. Busco un taxi.

En la rotonda uno se detiene. Entonces tengo que decir una dirección que ya casi había olvidado pero la digo, con lo que era mi voz. El taxista deja pasar un silencio protector y después me habla, sobre la mañana tan buena que hace. Yo le doy la razón.

Se detiene en el lugar que era la dirección que yo le había dicho. Transcurre otro silencio protector pero finalmente acaba y demanda un dinero por sus servicios. Yo le aseguro que he olvidado mi dinero, y ahora es cuando él parece reparar en mi traje, quizá como lo hubieran hecho los viajeros del autobús. Se me ocurre que alguien podría darme algo en mi casa. Le parece correcto, y esa es la palabra que además utiliza.

Con el sol envolviéndome, mimándome, transcurro entre bloques que no reconozco. Pero me dejo guiar, nada más, por mi instinto. Abro la cancela de un portal que resultaba estar entreabierta. Penetro en un vestíbulo que jamás había pisado pero mis pasos se imponen, van dirigiendo, escalera arriba, todo mi corazón.

Ahora la vista se me nubla –son los nervios– cuando aprieto un timbre y simplemente aguardo a que ellos abran.

(c) félix molina, texto e ilustración
Anuncios