contema quince

piezas

Desde muy chico las acumulaba. No sabíamos para qué, pero en principio no nos desagradaba. Podían estar ocultas en una destructora de papel o en una tableta desfasada. A él parecía serle indiferente la calidad original o, por supuesto, la marca comercial. A veces –siempre con miradas a nosotros, para ver si lo aprobábamos– la familia y amigos le traían algo, en ocasiones nombradas. Y él, claro, se entregaba a la inspección, mientras otros chiquillos nos mareaban con sus juegos.

Abandonó la casa familiar, con la edad en que los jóvenes lo hacen, pero con la inquietud de recopilarlas todas. Su padre y yo recordamos que pasó unos meses muy delicados, intentando no olvidar nada. Utilizaba embalajes sencillos, que antes habían servido para meter dulces o rollos de papel higiénico. Numeraba las cajas con pasión. Las precintaba con intensidad.

El día de su partida también fue el de su momentáneo descanso.

Luego de casarse, anduvo años despegado de nosotros. Ciertamente de todos, pues no tardó en divorciarse, y entonces no pudimos ya contar con las narrativas de su esposa, una mujer muy próxima a nosotros, que no dejaba de informarnos sobre la acumulación.

Las visitas furtivas de su padre, o mías –acompañadas de los alimentos que siempre portan las madres– tuvieron que ser escasas, porque nunca lo hallábamos en la que tenía que ser su casa. Un adosado. Literalmente adherido a un hangar donde tenía dispuesta toda la carga, convenientemente clasificada y estuchada.

En estas visitas nos deteníamos cada vez en pasillos que dirigían nuestra caminata por unos lineales densos, dispuestos con la estrategia atosigante de los supermercados, pero como incidiendo en alguna diferencia que nos revelaba la ternura de un detalle, algún retal como diligentemente depositado ahí para nosotros, sus sorprendidos padres.

Uno de estos días lo que nos dejó fue una nota, más bien un plano. Bosquejaba un lugar que su padre reconoció y apuntaba un día, una hora.  Ese día, sin más noticias suyas, amaneció y nosotros nos las arreglamos para estar allí. En el camino pensábamos en su vida, compuesta de piezas. En qué se resolvería.

Llegamos a un páramo exacto, con una simetría que nos sorprendió. Rectas y elipses se iban postergando bajo nuestro utilitario, mientras nuestro pensamiento hervía. Al final, como una torre se alzaba frente a nosotros. Y nuestro hijo estaba allí arriba. Parecía compuesta de los retazos almidonados durante toda su vida y en cada uno de los que identificábamos veíamos un trocito de su acontecer, opaco para nosotros.

En el instante exacto en que se cruzaban nuestras miradas, se pudo oír un estruendo y la luz de decenas de hongos que se reproducían a nuestras espaldas. Como accionados por un resorte, sólo nos quedaba huir hacia delante. Y hacia arriba.

Recién ingresados en la torre de piezas, reconocimos las que conformaban el ascensor que nos llevaba unos cuerpos arriba. En medio de ese tráfago, atravesados por los impactos luminosos de los hongos (que ahora dejaban oír como gemidos y alaridos de los seres infortunados tras la maleza de la humareda), subíamos, y nuestro hijo estaba cada vez más cerca. Fue su padre quien primero recogió su mano, y juntos me sacaron del pequeño montacargas.

La luz, todavía de un crepúsculo que rivalizaba con los fogonazos de las explosiones, era casi hermosa desde arriba. Y, mientras recordábamos las primeras piezas –esa infancia suya y nuestra– la tierra se abría a nuestros pies y era la torre entera la que se elevaba, haciendo también un hongo de nosotros.

(c) félix molina, texto e ilustración
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