contema dieciséis

dentro

El viernes ocho fui el último en permanecer en las oficinas de la Compañía. A medias entre la distracción y la indolencia, y como prolongando lo que sería la delicia de un nuevo fin de semana, no hice por salir hasta pasadas las nueve de la noche. En ese momento disfrutaba del turno de limpieza, que menudeaba su labor al lado de mi pila de folios revisados, extrañado pero unánimemente silencioso. El limpiacristales de la décima planta también me dedicó una mirada, que era incluso amorosa. Todos se fueron pasadas las diez.

A la alegría de saberse solo en un sitio y una hora donde nadie me podía exigir nada, se siguió la inquietud de la noche. Las ventanas, recién limpias, como múltiples pantallas plasmáticas de televisión, traían la imagen diáfanamente oscurecida de unas calles en paz. Cada vano era un monitor que mostraba un cuadrito tranquilo. Un hombre hablaba por su móvil. Luego colgaba. Luego volvía a hablar. Una mujer, esquina superior, buscaba algo en su bolso. Tres vigilantes de una misma firma, inferior centro, se dispersaban para iniciar su trabajo en los distintos edificios.

En el mío entraron como media hora después. Uno de los vigilantes llegó a saludarme. Me pareció que quería decirme algo como qué, mucho trabajo, ¿no?, pero no dijo nada. Me saludó. Del resto sólo escuche ruidos e imprecaciones, y trozos de conversación marcar… en mi vida… que ser tonto… para ellos! sin que pudiera atribuirla a tema alguno. A las doce, medianoche, estos hombres se encierran en un despacho-garita y dejan de pulular por el edificio. Otra vez solo.

Ya no se veían paseantes en la multipantalla. El último, cuadro central, era un borracho que conocía de una hora más temprana y de otra zona. Me levanté para servirme un café pero no lo tomé. Simplemente paladeaba esos momentos. Y nada me llenaba más que el paso del tiempo. A las dos de la mañana pensé que los vigilantes iban a interesarse. Pero no. A las cuatro, tenía sueño, pero no pensé en dormir. A las seis me tomé el café, frío pero muy dulce.

El sábado transcurrió gris. Como el edificio no está situado en una zona central de la ciudad, la gente se olvida de pasar por allí. Sólo los automovilistas desorientados atraviesan la diagonal del parque empresarial e interseccionan entonces la hilera de cuadros lateral derecha y su esquina superior. Es casi emocionante, porque se trata del único transcurrir entre muchas horas –yo diría que con una frecuencia de cada cuatro o cinco. Tuve hambre, pero pronto lo olvidé.

El sábado tarde se comprende que los vigilantes –conocedores de que a ese día y horas ya no es posible visita ejecutiva alguna– tienen alguna componenda para racionarse en el desempeño de su trabajo, y se queda sólo uno para todo el edificio de quince plantas y unos ciento cincuenta despachos. Más solo aún.

Durante algún tiempo escuché pasos, pero luego sólo pude oír llamadas del vigilante por un teléfono, con bisbiseos de palabras indistinguibles, carraspeos y el plástico del auricular cada vez que la carcasa golpeaba levemente sobre su plataforma.

Cuando anocheció por completo, no tuve más remedio que respetar mi fisiología. En uno de los servicios que más me incitaba a ello, el del Jefe de Producción, oriné y defequé. Aproveché el pequeño sofá que tiene su despacho para dormir unas horas. Luego, intenté alimentarme en la máquina dispensadora que está junto a su puerta, pero más por cumplir con una especie de mandato interior que por verdadera hambre. Como no tenía suelto suficiente, maldije el haber comprado el periódico el viernes por la mañana y me las arreglé con un jersey y mi fuerza para quebrar el vidrio y agarrar dos bolsas tamaño mediano de palomitas, tres zumos multifrutas y un recipiente muy curioso que facilitaba chicles. El único vigilante estaría dormido.

El domingo regresé con extraña diligencia a mi despacho, adonde volvía para sentarme frente a los ventanales. Pasó con sorprendente velocidad, y apenas media docena de conductores desnortados.  Uno de ellos discutía con su familia –o el grupo que llevaba detrás– y llegó a bajarse del vehículo. Alguien debió de convencerlo, seis minutos después.

En las primeras horas del lunes, estuve atento. En efecto, a las siete en punto de la mañana, el grupo de vigilantes (milagrosamente reconstituido), abandona el edificio. Hasta las ocho no vuelve a entrar nadie. Los primeros son los administrativos más jóvenes, ligeramente atemorizados por la mínima posibilidad de no ser los primeros. Junto con la media hora larga en que el turno de limpieza de los viernes se dilata en incorporarse a su tarea, este es el único momento en que el edificio está verdaderamente solo, de manera habitual.

Unos diez minutos después de que se fuera el vigilante que cierra con llave y alarma, trabé por dentro la puerta central, la única accesible desde el exterior –los responsables de mantener el edificio se jactan de ello. Fue algo rudimentario, una palanca de acero macizo de medio por un cuarto de metro y unos veinte milímetros de espesor. Y martillazos hasta convertirla en un ocho, atenazando los tiradores de hierro redondo, fabricación alemana, que figuraban leoncillos.

Permanecí en mi despacho. Pero en la parte donde todo es visible y nadie –ni nada– puede verte desde fuera. Algunos minutos después de las ocho, los teléfonos empezaron a sonar. Primero con el ritmo usual a esa hora. Después de forma exageradamente insistente, sin concesiones a la educación.  Y las centralitas de todos los departamentos, como por turnos.

Todas las cuadrículas de vidrio estaban rellenas de compañeros que ocupaban fuera su tiempo, con comentarios sobre el fin de semana posiblemente. Algunos señalaban la puerta central, otros gesticulaban desaforadamente, pero por suerte ninguno hacía señas vuelto hacia las plantas del edificio donde se ubicaban los despachos. Rosa aprovechaba para revisar sus papeles, sentada discretamente junto a unas poisentias descuidadas, ventana inferior izquierda.

Yo tenía aún casi toda la tarde por delante.

(c) félix molina, texto e ilustración
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