contema diecinueve

rumor

Al principio era para mí una leyenda. Sabía del rumor pero no creía en sus consecuencias. Quienes lo sufren comienzan en su desayuno. Las primeras cabezas caen sobre sus gestos: rebanar el pan, mover la cucharilla, llevarse la tostada sobre sus fauces. La gente susurra alrededor, entorna los ojos en esa dirección y comienza pequeños corros que no acaban hasta que el vuelto cae a plomo en el bolsillo y abandonas la cafetería.

Luego persiste en el pasear por las calles, aunque estén poco concurridas. Escojo las menos céntricas, y a una hora muy temprana. Pero el rumor ya me persigue. Es una desazón que te deja, sí, avanzar unos metros, a lo mejor un kilómetro, entre la nube del barrio, gótico y pernicioso, pero acaba por extraerte el sudor de pura vergüenza. Hay que sentarse, aunque sea en un bordillo. Y respirar, envuelto en grupos de mujeres, de hombres, de niñas y niños que giran la cara y emiten una sotovoz para asombrarte, para dejarte hecho una sombra, trenzado entre los pináculos de la calzada.

No hay tregua. Puede que en la oficina los compañeros incurran en la piedad, y las miradas sean entonces tras la nuca, y los comentarios se difuminen con la sinergia del trabajo, y se rumoree cuando también se quiere decir que una impresora malfunciona o un calefactor no emite o un flexo destella. Y eso sea la paz.

Pero volverá el trasiego de las calles. A veces me he escondido en un cine, sin ver siquiera un fotograma. Y todas las cabezas tras de mí se hacen una, con un mismo rumor unánime, gigante. No alcanzo al final, salgo precintado por el murmullo, retractilado por el avispero de la gente y las miradas de todos, chicos y grandes, pasen y vean.

Ahora que sé que el rumor va conmigo, quiero llegar a casa. Allí me conocen todos, allí la piedad será cariño y el rumor se apaciguará para dar paso a su rutina. En la avenida que precede al bloque simétrico, hasta una pareja de novios abandona sus besos y se une a tres paseantes sin vínculo aparente alguno entre ellos, y media docena de chiquillos que jugaban al fútbol en una plazoleta olvidada, antes de que yo pasase junto a ellos.

Las escaleras, muy empinadas, me son benignas, y después una sonrisa de ella, y de ellos también, que abandonan sus juegos del fondo. Pero las miradas, en medio de un silencio que nunca se interrumpe, se van agolpando durante la cena, y las sonrisas ya apenas pueden contener la risa pura y explayada, y regreso a la cama mientras el rumor, ya asentado en mi propia salita, me acaricia los hombros, ya casi los aplasta.

(c) félix molina, texto e ilustración
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