contema veinte

dulce

La tienda reproducía otras de la franquicia. Sin que pueda discernirse cuál fue la primera. Pero aquella quedaba cerca de casa. Había que pasar el río y la gente que ya mayea, anunciando el verano, sudando como por gusto, arracimada en un trajín de piraguas o bicicletas. Se detuvo hacia la mitad, para apoyarse en la barandilla.

Al fondo se veía, como siempre –desde sus primeros años– el transcurrir vegetal, con raíces hundidas en la sociedad becqueriana y ramas venteadas para ocultar una edificación funcionalista, conmemorativa. Acero y semillas.

Desciende por calles donde se ha colado la sombra como un animalito que ronronea el calor para acurrucarlo por los zaguanes, y él atraviesa la umbría dejando atrás, en las plazas, parrillas de enlosado donde el calor teje las horas para nadie. Ya está dentro. Lo recibe un copo de gominolas gigantes que figuran corazones, aproximadamente cinco un euro. Las paredes están tapizadas de gusanos semitransparentes, nubes coloreadas de rosa cielo y pequeñas mistificaciones de pizza o cámara de fotos, o celular, o lápiz de labios,  o… Hay también chocolate acuñado en monedas de todos los valores y, esparcidos, como arcilla que lo fundiera todo, kilos de frutos secos garrapiñados.

El hombre duda. Pero va llenando bolsitas delgadas, transparentes, que hay que soplar para que ofrezcan su verdadera capacidad. Cada golosina le recuerda algo. Pero sigue. No deja bolsa sin llenar.

La dependienta, que había sonreído con las primeras bolsas, hace un mohín de susto con las que va depositando en el mostrador, junto al pesito. Piensa en un cumpleaños de hijos, de sobrinos, quizá de nietos. Cobra y devuelve una moneda y pocos céntimos de un billete de cincuenta euros, vuelto que el hombre no quiere coger. Pero la dependienta, intentando reprimir cualquier expresión, insiste, como con culpa. El hombre recorre lentamente esas calles que, como serpientes, lo llevan a una pastelería donde los cristales de los escaparates ofrecen a los paseantes una clientela que engulle con timidez y cierta tranquilidad. Ahora la sombra que va regando la noche que se cierne es tan agradable que piensa si no será mejor volver junto al río y aplazarlo todo. En el entretanto, pide un café, no, mejor un chocolate suizo con nata en el mostrador y se sienta en la única mesa que tiene sólo una silla. Allí acaba con la única bolsita que guardaba en el bolsillo derecho de su chaqueta de lino y después apura la taza, sin obviar la onza de chocolate que le obsequiaron. Luego apoya la cabeza sobre los brazos, cruzados y haciendo una almohada que cubre la mitad del mármol de la mesa.

A poco de que acaba la tarde, la pastelería tiene que ser discretamente desalojada. Después, cuando ya no hay nadie, una cinta amarilla rodea la única mesa con la silla donde yace el hombre. En sus bolsillos encuentran una docena o más de bolsas de plástico arrugadas, unas cuantas monedas y, junto a la cartera de cuero, el glucómetro.

 

(c) félix molina, texto e ilustración
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