contema veintiuno

bajoellodo

Los primeros son los trombones, que se clavan en el silencio de la laguna, emergiendo sus dorados periscopios en medio de un burbujeo que despierta a los demás. Siguen las trompas y trompetas, que, con la alianza del sol, van destellando en el enclave. Luego, mientras los primeros en salir se van secando los uniformes, otros ayudan a salir a la tuba. Son ocho.

Las ropas, aún grisáceas del barro, van secándose en la explanada, mientras una pitillera hermética produce los únicos cigarrillos secos para el trombón más joven, que sabe que no debe fumar, y por eso sonríe a los trompetistas. La tuba aprovecha para mascar chicle, con cierto sabor a tierra, que le gusta. Poco a poco los instrumentos recuperan su oro o su plata y van sonando. Hay una luz que lo orea todo.

Los músicos van saliendo, primero del bosque, y luego del valle, para adentrarse en los primeros pueblos, de un blanco intenso. Antes de pasar por las callejas, cuando el asfalto basto de la carretera central aún se mezcla aquí y allí con brotes de malva silvestre, los trompetistas ensayan la melodía, y para qué, porque de inmediato se suman los trombones y la tuba, para acabar con el ensayo y rebosar con un borbotón definitivo el aire.

Así traspasan media docena de pueblos. Cada uno con su historia y su recuerdo –en algunos se detienen uno de los trombones o el trompeta mayor; en otros remolonea el de la tuba.

Anochece, y entre el olor a cisco y amapolas, siguen llenando cada pueblo con los sones de la banda, deslizando los brillos del viento metal sobre las hogueras y el ganado. A veces se reparan y permiten que los vecinos los ensalchichonen; a veces se sientan en los bancos de las plazas, marcando el ritmo de las fuentes bajo la luna que se cierne.

Ya retornan, como una chocolatina sonora, todavía envuelta en su hoja de papel metálico, dejándose caer desde los montes hasta las aldeas más próximas al valle. El trompeta mayor y el tuba tienen un breve, único diálogo, al borde del bosquecillo, pero tras vacilar, ya solitarios pero igual de esplendorosos, se sumergen entre los árboles que llevan a la laguna reseca. Y allí esperan, hasta que, como tocando en sordina, la atraen, por fin está de nuevo con ellos: rompe a llover.

Para entonces ya están todos dispuestos otra vez en un círculo de oro, sobre la ceniza de los uniformes mustios, pegados a la tierra cariñosa. Amanece y la lluvia cae a plomo, borrándolos, volviéndolos lentamente, sin descanso, al lodo de donde salieron.

(c) félix molina, texto e ilustración
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