Mis relatos favoritos

“Una bromita” , Cuentos | Antón P. Chéjov, 1886

espaldasdeltiempo

Leo siempre este cuentito cuando el invierno empieza a ser más atroz y acaso puedo comprender mejor la desazón de sus dos personajes,  perdidos en la nieve de sus vidas, desde mi ciudad meridional. Chéjov es de esos literatos (otro puede ser el poeta Keats) que surgen del dolor, de una experiencia como practicante de la medicina que, como si fuera un elixir, impregna su escritura con una mezcla de nostalgia y una suerte de ternura que se asemeja al morbo. Se puede sentir piedad por las escenas en bajorrelieve de una urna griega o por las almitas que se pudren, deliciosamente, en la provincia rusa. Pero cuando la sensibilidad se exacerba también puede producir monstruos como el bromista que sazona la horas nevadas de este cinético relato (¿llamarle cinematográfico sería demasiado?) con un acíbar dulce, puede que letal pero atractivo, como ese jarabe que probamos y apenas nos atrevíamos a confesar que nos gustaba –como la uva fatal de la alegría que prueba John Keats en la cirujana melancolía de una de sus Odas.

Un joven y una joven. Una lengua de nieve que inunda sus vidas con un frío donde las sílabas de una palabra son ardientes leños. Un trineo que cae, y su descenso, temerario pero ciegamente deseado –no recuerdo otro tan peligroso, quizá el de La presa (1957) de Kenzaburo Oé. Los días, los meses, los años, que pasan con idéntico vértigo al del rumoroso trineo, con su estela de ilusiones y deseos. Y como en la mayoría de las historias donde se arraciman el amor y el desamor, un personaje que quiere y otro que no. Y todo como solfeado, apenas promulgado como melodía, cimbreándose con el ritmillo de la juguetona cabalgadura donde las dos figuras –y cabe pensar que sus sombras– se recortan sobre el paisaje blancamente satinado, cual los monigotes de un paisajista chino.

Me pasa con este relato que soy primero el guasón que silba las palabras mientras la otra pasajera del trineo se agarra con fuerza al chaquetón del contumaz tripulante (y también a sus propios sueños) para llegar a oírlas –una  y otra vez– y luego, como si el iterativo descenso se me hubiese agolpado también en mi entraña de lector, me siento la despoblada Nadia, barrida por la ensoñación y el paso del tiempo. Me parece por eso un cuento singular, único entre las propias narraciones de Chéjov, una foto traspapelada en el álbum de la tristeza tierna que transciende el propio retrato de gentes y ambientes, para, de alguna manera, destrozarnos en su pequeñez, hacernos testigos, oscuros cómplices –y víctimas a la vez – del más rotundo de los desencantos.

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Nota práctica: este cuento lo leí por vez primera en las lustrosas colecciones de narrativa de los Maestros (Rusos, Ingleses, Alemanes, Italianos…) de Planeta que albergaban mis padres –volúmenes de papel biblia, encuadernados en un símil de piel, con orillos en la cubierta, el canto superior y el lomo que brillaban a lo lejos con mis primeras dioptrías. Si hallan alguna vez uno descabalado en un estante de librero viejo, háganse con él, porque les deparará horas de lectura ramificadora. Ahora (enlaces aparte como el de la hospitalaria Ciudad Seva, del escritor Luis López Nieves) su sustituto –no demasiado económico– podría ser la edición completa (en su sentido más íntegro, se supone que aparecen todos:  inacabados, no publicados, desechados ) de los cuentos de Chéjov, en varios volúmenes, proyecto editorial de la bibliófila Páginas de Espuma.
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