contema veintidós

fotografia

2 x 2 metros en un lienzo a todo color. Un cuadrado exacto, que domina el salón comedor. Figura a una mujer y a su hija, haciendo acopio de todo el agua que pueden. La mujer va totalmente combada, su espalda casi describe la misma curva que el palo que sostiene las dos cubas de lata brillante. La niña sonríe como para exorcizar su esfuerzo, arrastrando otra cuba, de un plástico amarillento. Detrás de ellas está la selva.

El hombre, que ya ha desayunado varias veces delante del cuadro, espera ese día a sus comensales. Antes que ellos van llegando los platos de lo que serán los entremeses, servidos por mujeres con el mismo tono de piel, y casi idéntica sonrisa, que las de la fotografía. Los primeros en sumarse al gran salón alaban la viveza de la obra. Cuando superan la docena, se sientan a la mesa, poblada de cristal y plata, y comienza el servicio de sopas y carnes. En un momento, antes de las macedonias y la trufa, el hombre repara en la mujer. Él diría que le mira. En un óleo es difícil atribuirse una mirada, por hiperrealista que sea el autor, pero en una foto las dudas se siembran de una manera intensa, con desazón. La niña también, lo descubre cuando le da la mano al último comensal, que ya se desplazaba lentamente, con sus leves taza y platillo de café.

El hombre ya no desayuna más en presencia del cuadro. Ahora ha tomado con la aplicación de cámara digital de su teléfono móvil, a máxima resolución, una foto y la contempla indiscriminadamente, salvo cuando está comiendo. O bebiendo. La fotografía es ahí menor, pero no más pequeña. Como la función de zoom le permite sumar y sumar píxeles, está en disposición de percibir detalles, como la etiqueta que dice que la cántara de plástico de la niña era de un zumo fabricado en Brasil. Luego, la aplicación de navegador del mismo móvil le dice que es de una ciudad más bien costera, para su indignación. Eso le dice poco de la pareja porteadora. Nada.

Esa semana da otra cena, para sus comensales de siempre. Pero el cuadro ya se encargó de que lo llevaran a otra estancia, junto al inevitable piano y algunos objetos de valor. Donde lo sorprendió, para su disgusto, un comensal amargamente borracho. Eso le hizo trasladarlo –él mismo, con su esfuerzo– al sótano-bodega, a pesar de los consejos contrarios de su administrador general, conservador a ratos de un museo de provincias.

Una semana más y, tras otra exploración fotográfica de las que repite más o menos a cada hora, utiliza por fin la función teléfono de su móvil. Le responde el fotógrafo, probablemente apenas despierto porque vive quizá en otro país, de un huso horario muy distinto –a pesar de que el hombre había consultado la aplicación multihoraria del móvil para no causar molestias excesivas.

El fotógrafo le dice, todavía aturdido, el nombre de un poblado, y le indica lo que puede ser su localización. Hay una selva. Y detrás pueden estar ellas, la mujer y la niña del agua. El hombre sonríe, después de bastantes días, mientras deja en la mesilla, muy dulcemente, su celular. El fotógrafo piensa que ya es inútil continuar cualquier sueño y camina hacia el frigorífico, donde le espera un zumo de naranjas brasileño.

Después, el hombre se las arregla para volar. Sobrepasa un manchón verde que piensa la selva de su fotografía, y sigue sonriendo. Acaba en un hotel, enfrentado a la lamparita donde descansa, al borde de su sueño, el celular con la foto. Duerme.

Al día siguiente contrata a un conductor y un vehículo de ruedas contundentes. Pero el conductor rompe el contrato cuando las arborescencias sin fin lo aturden y lo enfadan. Así lo explica, en su lengua agresiva, pero el hombre sólo entiende que se va, dejándole el tiempo justo para rescatar del portante la cantimplora y un bulto. El hombre desespera, casi llora, pero luego, simplemente, camina.

Esa noche, envuelto en ruidos de una novedad acongojante, la pasa desarrollando una especie de plegaria, un rezo intermitente que termina por agotarlo y arrojarlo, como entregado a una muerte segura, a los píes de un baobab. Por la mañana, milagro de la vida o de la muerte, sigue recorriendo la selva, hasta caminarla en lo que él cree toda su extensión. El hombre ya no tiene agua, su bulto apenas le protege de los arañazos pero guarda como un amuleto el celular con la foto, y sólo lo enciende para concentrarse en la foto. Lo acogen, cada noche, los baobabs pero la sed lo amontona durante el día, sin permitirle, por un momento, distinguir a la pareja.

Son ellas, la niña y su madre, en vivos colores, desplazándose al alba hasta la acequia que un cauce teje entre las raíces de num-num. Le sonríen, sin abandonar esa elegancia con que combaten, casi sin saberlo, a las mismas cubas de su esfuerzo. El hombre siente que, al fin, ya nunca vivirá lejos de esa selva, de esas sonrisas. Y les devuelve otra, mientras poco a poco su fotografía se va decolorando, gigante, olvidada entre las botellas del sótano ceniciento.

(c) félix molina, texto e ilustración
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