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geniodelamusica

La calle está endomingada, como una serpiente se prolonga desde una plaza a la otra, y todo ese transcurrir está lleno de música. Su música. Los niños la ríen, los adultos la  entonan, silenciosamente, y los más mayores la recuerdan. El hombrecillo recoge sus instrumentos, cuando los paseantes empiezan a escasear, y cuenta las monedas. Más bien apenas ya las cuenta, pero sabe que son más de quinientas, casi todas de un euro.

Carga sus altavoces y la batería, y el piano electrónico, y el reproductor de música para el acompañamiento, y enfila la calle con el remolque tras su bicicleta. Va silbando la misma melodía. Ya hace más de diez años, recuerda, que se encontró con el genio de la música. Por entonces hacía lo mismo, cargar con sus instrumentos, ligeramente disfrazado de payaso, y tocar, desde la mañana hasta la caída de la tarde.

Y fue en ese bar oscuro, después de que la tarde se llenó de una lluvia brumosa, que el genio de la música estaba al fondo, en la única mesita con dos sillas, apurando algo que podía ser un coñac. El hombrecillo vio ese signo de sus dedos, un gesto que jamás había visto en su vida –y ya eran más de cuarenta los años que tenía– y sin ofrecer renuencia alguna de su voluntad fue a sentarse a su lado. Recuerda que no hablaron de cosa alguna. Que no pronunciaron palabras.

A lo más, el genio seguía terminando, infinitamente, su bebida y se las arreglaba para musitar una cancioncilla. Y él, increíblemente, seguía a su lado.

Al final el genio quiso invitarle, pero el hombrecillo rechazó eso –apenas recuerda ahora, de hecho, a qué le invitó. A cambio, el genio de la música le entregó una servilleta muy fina, casi transparente, donde figuraba, de una manera extrañamente detallada –para ser una anotación de bar, para entregarla un bebedor de coñac– una melodía.

El hombrecillo recuerda que, por entonces, no tenía la capacidad de interpretar esa música –él era más bien un intérprete de oídas, le gustaba decir. Así que enderezó el manillar de su bici y se plantó en casa de una amiga castañera, pobre como él, que había solfeado entre sus estudios secundarios. Con lágrimas casi, puede acordarse de la primera vez que escuchó la melodía. Y cómo hizo que la castañera cantara una y otra vez la musiquilla, hasta que la atrapó dentro de sí, mientras lo celebraban con un café y castañas.

Luego sólo tuvo que conseguir que la batería de pedales adaptados, el piano electrónico y su mágico transformador y unos acordes improvisados lanzasen a los aires de esa ciudad de hoy, de todas las ciudades, la melodía que apaciguaba a los niños, reconciliaba a los adultos y dulcificaba a los viejos. Y acabar con su viejo colchón dado de sí por los billetes y las monedas, que cualquiera que tuviera el tiempo suficiente para ello contaría por miles.

Han pasado tantos años como ciudades, y él sigue siendo en todas el hombrecillo de la simpática orquesta callejera, radiante en su bicicleta. Pero una tarde consiguió contar su dinero y puso una buena parte en el remolque, para deslizarla en un saquito de colores por la ventana de la castañera.

Y ahora mismo espera, muy tranquilamente, al fondo de un bar, envuelto en la tiniebla, mientras apura algo que parece ser coñac.

(c) félix molina, texto e ilustración
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