contema veinticuatro

zapatos

Yo he venido aquí, a esta gran ciudad, para huir.

Cometí un crimen, pero ya he conseguido una habitación en este hotel y mañana un tren me llevará lejos. Ahora descanso como puedo mientras en mi cerebro se reproducen una y otra vez las heces del asesinato, como las de un vino agrio. Fuera se escucha una ciudad animada, desconocida, donde todos me parecen libres e inocentes, y mayo perdura en las risas de la noche, bajo mi ventana.

Dentro hay unos zapatos que no son los míos.

La mañana me trae unas ganas intensas de calzármelos. Son de un número más pero no se me salen. Tengo que apurar unas horas, discretas, antes de mi huida, y los llevo por la ciudad, enredado en las calles más escondidas, que me conducen a la estación. Atravieso cruzadas y diagonales, y algunas plazas donde las miradas parecen acusarme, en horas de siesta y calor, pero distingo un edificio de plantas simétricas, que me aleja del tren. Y quiero entrar.

Me reciben secretarias o encargados, apenas sé si responder pero lo hago, y ocupo mi sitio entre media docena de hombres y un par de mujeres. Algunos más jóvenes que yo. Suena el hilo musical, de un romanticismo tardío, y  la brisa artificial del aparato de aire acondicionado. Queda apenas hora y media para que el tren que debe llevarme lejos salga de la estación y aquí estoy yo. Mirándome unos zapatos que no son míos, después de haber cometido un crimen.

Van desfilando los hombres, y una de las mujeres. Entran y salen, y pasan junto a mí. Caras como de importunar a los que aún esperamos. Dejan las oficinas como si también los esperara un tren, que va a partir en una hora. Es mi turno.

El oficial –así se presenta– me hace unas cuantas preguntas, sobre el trato al cliente en grandes superficies. Yo respondo indiferente y reparo en los zapatos que no son míos, de un negro intenso. Otro hombre, junto al oficial, va tomando apuntes. Me preguntan algo sobre duplicado eléctrico de llaves, mientras el oficial abre la ventana y apaga secretamente el aire acondicionado. No voy a responder, pero entreveo de nuevo el destello negro de los zapatos y digo algo, que el amanuense anota. También me preguntan un número de teléfono móvil, que no tengo el mayor reparo en darles.

Salgo a la calle, y en la esfera grande de reclamo de una relojería alcanzo a ver que falta media hora escasa para mi tren. Y justo al lado, en un café medio oculto entre dos calles, me pido un cortado y una magdalena. Pago con el que va siendo mi último dinero y, con la servilleta con que me había limpiado, repaso el brillo de mis zapatos de otro.

Ahora resulta que sí, que camino, aun con tranquilidad, hacia el andén –el tráfago de la estación difuminado, como un cuadrito impresionista, ante mis ojos– pero de nuevo me pueden mis zapatos de otro y una llamada que me dice que sí. Que el puesto es mío.

(c) félix molina, texto e ilustración
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