contema veinticinco

escribasentado8

El Sr. X solía entrar media hora después en el despacho que X a secas. Y entonces empezaba a dictar. No importaba qué, sólo era pertinente que dictaba, un anuncio, una advertencia, una querella, a veces una prosa, cuando se inspiraba.

En realidad el Sr. X quería dictar algo grande, impetuoso, que arrastrara a todos, empezando por quien escribía, con teclazos sin paz, para después llevarse por delante a los lectores de eso que él dictaba y el otro escribía. X a secas seguía bien de salud, tal y como había contestado a pregunta del Sr. X hace unos seis meses. Todo apuntaba a prolongar el dictado, si la inspiración aparecía por cualquier parte.

El Sr. X despachó entonces un correo electrónico a unos agentes, una misiva a un hijo irreconocido, una circular a varios lectores ofendidos. Cayó después en un profundo silencio, que se mantenía, que fluía sobre el tiempo. Detrás de ellos, la lluvia también parecía apretar las teclas. X a secas se decidió en tanto a pensar en atreverse a solicitar si tomaba un pequeño bocadillo –aprovechando esa llanura del dictado– pero entonces el Sr. X resurgió de la hondonada de sus pensamientos y siguió dictando.

Era algo que quería ser una prosa, pero al mismo tiempo un poema, y también una novela; novelar, sí, lo que buenamente se pudiera. El Sr. X estaba decididamente inspirado y X a secas, aun con hambre, lo seguía, acompasando sus tripas a las pulsaciones sobre las teclas. Las palabras se iban sucediendo, dejaban una estela que en vano quería imitar, fuera, el rachear de la lluvia, pero el discurso no tenía fin. Se dibujaban cuadros, se emprendían descripciones, se bosquejaban tipos, se sucedían diálogos. Todo transcurrió por más de un par de horas. Entonces el Sr. X se dignó a pensar si X a secas no querría, por un instante, su desayuno o, mejor, su almuerzo. Y, sin abandonar ese diáfano y altruista pensamiento, fue desacelerando su pronunciar, amortiguando su dicción, frenando el ímpetu de su decir.

Un breve silencio, casi de corchea, y el Sr. X se aproximó –pues es verdad que siempre se mantuvo distante del monitor donde se parapetaba– a X a secas.

X a secas estaba volcado sobre el teclado, los ojos cerrados, envuelto en un silencio incluso más profundo que cualquiera de los del Sr. X, con el rostro ligeramente ladeado hacia la barra espaciadora. Ya no parecía pensar en nada, ni siquiera en sus soñados bocadillos. El Sr. X, ligeramente contrariado porque X a secas le aseguró hace un tiempo que se encontraba perfectamente de salud, apartó las manos yertas, desplazó el sillón del amanuense –pues tenía cierta rigidez y una policromía vagamente egipcia– y miró la nube del monitor, donde parpadeaba, vacuo e inútil, el cursor. Aquella mañana, para su pequeña desesperación, X a secas sólo había escrito un par de líneas de su dictado de dos horas. Justo las que menos le gustaban.

La lluvia no tardó en cesar.

(c) félix molina, texto e ilustración
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