contema veintiséis

elultimohombre

El último hombre no sabía que lo era. Se había acostumbrado a vivir contemplando su sombra, proyectada sobre un pequeño huertecillo. Llegó malignizado y estéril. Pero se fue desarrollando como prolongación de su pequeña choza de madera de sándalo, era el modo que tenía la pequeña estancia con hamacas de piel de dril de adentrarse en el bosque y aspirar la respiración de las hayas y los rododendros.

Luego se hizo uno con el huerto y, fortalecido y odorizado por el almizcle y los melocotoneros, devino en bueno. Mientras cenaba remolacha se planteó recorrer todo el camino inverso de su huida, para propagar su bondad y contagiarla a quien fuera.

En los senderos de su regreso encontró casas. Pero sin habitantes. Cada morada era el reflejo de una cultura, de una idiosincrasia. Permanecía en las moradas un tiempo, retozando en las desocupadas camas, mientras por el día exploraba hasta la caída del sol las ciudades vacías. Ocupó casas donde se dormía en el suelo o en un armario; en otras se almorzaba de pie.

En las primeras esquinas, de calles nevadas o mecidas por el sol, aún esperaba el fluctuar de la gente. Pasadas cincuenta o sesenta, entre su septentrión y el ecuador, el último hombre ya no esperaba encontrarse con persona alguna. A veces tentaba la suerte de adentrarse en la tundra o el arrabal oscuros, esperando la muerte o al menos el atraco, pero siempre supervivía, sin menoscabo alguno –o al menos eso se pensaba.

El último hombre desembocó, sin miedo y sin ilusión, en la ciudad que lo vio nacer. Allí también vagó por sus deshabitados cafés y restaurantes, sin reparar en privarse de cuantas viandas y bebidas deseaba. Atravesó las calles sin gente, que le recordaban a las madrugadas de sus desengaños, pero aún más despobladas. Paseó incluso por los cruceros de la catedral, sin más testigo que su sombra.

Subió las escaleras de un bloque de pisos. Sus últimos habitantes no tuvieron el cuidado de cerrar unas puertas que ya apenas aseguraban algo propio. Así es como pudo entrar en su casa, en el hogar que abandonó y que, ahora que él regresaba, habían abandonado los suyos.

Abrió la ventana de aquella su habitación de niño, corriendo toda la hoja de carpintería metálica, y se arrinconó en la parte externa del colchón, pensaroso. Desde allí se divisaba la gran torre de la ciudad, una como inerte y lejana compañía.

Y fue así que se le ocurrió que aquel era el modo en que su pequeña choza de madera de sándalo transpiraba, a través suya, el vapor que ahora lo iba inundando todo.

(c) félix molina, texto e ilustración
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