La luz, unas notas | Chopin, Polanski

manospianista

Ocurre en un lugar que será un escenario. Transcurre entre dos personas que son actores. Se da en un intervalo que no es puramente del tiempo, sino de la luz que lo nombra y va derramándolo en cascadas de fotogramas. Pero sucede.

Un oficial que escucha y un fugitivo que, de repente, se deja oír. Luego, el lustre de las botas, las miradas, el interrogatorio, y –en medio del caos– una palabra alada que cae de los labios: pianista. El oficial deja la clámide del poder encima de un piano nutrido por el olvido o el odio. El fugitivo arrastra una lata de conservas, inútil sin su abrelatas, como quien movía de un lado a otro la bola de su condena. Son, lo intuimos, el hambre y el terror, encadenando al espíritu. Lo primero, un silencio.

Las manos, arrebatadas por la música –puede que por la injusticia, puede que por el dolor, puede que por el miedo; pero sobre todo por la música– van disponiendo sus racimos, sus escalas, sus trémolos, hasta que crecen como lava de promontorio, como cúpula casi rozada, como corona de bosque, como cuerno de luna.

Los ojos del fugitivo se cierran. Porque, entregado a la música, a esta música concreta de lo que va siendo –en medio del derrumbe– paz, ya no huye.

En los ojos del oficial yace el saberse –por una vez en meses, puede que en años– muñeco del odio. Entreverados, surgiendo de entre las ejecuciones y la oratoria, se van deslizando –primero con el silbido frío del viento y la noche que se cuela por el umbral de la puerta, luego con la cadencia de las teclas– los recuerdos. Llega con ellos, como loca desbocada, la conciencia de que todo –todo, traído y llevado con la música– todo aquello, por pequeño que fuese, que alguna vez quiso con amor y con certeza, perdura ahora entre la mugre y el borrón de la cabellera, próximo a la ictericia. Y a la muerte. Coda.

Después, otro silencio. Disculpad: ya son dos.

* * *

En una noche como esta, en la que oscuros gobernantes –más bien gobernados– trazan palabras altas y destellantes, como fuegos de artificio, en su firmamento profesional, yo no quiero hablaros –por si no lo tenéis, por si no lo queréis, por si no podéis tenerlo– de dios alguno. Prefiero mencionaros ese amor, ese que pulsa, que ausculta, que mira; ese que no registra, que no allana, que no inspecciona. Ese concreto, que transita entre una mano y otra, de otro cuerpo –o de una mano a la tecla que atina en la cuerda del piano. Ese vuestro –vale– nuestro amor.

Cerrad los ojos y pulsad abajo, si queréis escuchar esta música que, con los recuerdos, trae la paz. Pulsad arriba, en las manos, si lo que queréis es tocar el cielo. El cielo que queráis.
La Balada primera de Chopin, por Alfred Cortot, grabada en 1929
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