contema veintisiete

quien

Ya sé que no será el cuestor, a pesar de tanta amabilidad, porque se ha ganado ya la credibilidad de todo el mundo. O acaso lo será precisamente por eso: la mácula del magnicidio no lo puede manchar. Tampoco pienso en el pretor. Es un hombre humilde, su magistratura lo tiene además demasiado ocupado. Pero un crimen, con escasas sospechas sobre él, pudiera serle el desahogo preciso y, bien administrado, le podría procurar muchos beneficios.

Manilia se anuncia, acompañada de su belleza y de nuestra pequeña sobrinita.

Por otra parte los censores no me inspiran confianza, esa sensación de que siempre tienen cuestiones que exponerme, de que es tan inabarcable como la suma de nuestros ciudadanos la de sus consultas.

Y el cónsul sufecto lleva poco tiempo en el mandato, pero el suficiente para hacerse con los entresijos del poder. Así lo creo. Sí.

La niña se pasea entre los plataneros, indiferente a mi angustia. Se ha descalzado y ahora llega hasta una fuente que semeja, dentro del atrio, el gran mar que nos separa de los africanos. Se baña en ella los piececitos, despreocupada.

¿Y sus lictores? Son hombre duros, pero arrostrados, que ya pasaron por todo el sufrimiento de sus vidas, por eso mismo no dudarían en seguir exponiéndose al riesgo de una acusación pública. Pienso también en el edil curul. Pero eso ya serían figuraciones mías. Sin fundamento.

Tira sus sandalias más allá de un nido de hortensias, que figura las nuevas conquistas. Indiferente y feliz.

Acaso soy demasiado benévolo con el cuestor.

No le cuadran las cuentas desde hace algún tiempo, y apenas quiere confesárselo. Cualquier acusación de fraude público no sería infundada, pero una muerte de gran tamaño, como la mía, lo borraría todo.

Recoge semillitas de la parte sombreada del atrio. Manilia, con voz dulce, la llama.

Mañana me reuniré con el cónsul, definitivamente. Le sonsacaré sus pretensiones, si es que aún las mantiene.

En su pequeña mano abierta me ofrece unas bayas brillantes, de muy hermosos colores, como insectos que durmieran.

Veo reflejada la sotocoraza, aún sobre mi pecho, en los botones negros de sus ojos.

(c) félix molina, texto e ilustración
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