contema veintiocho

extra

Cuantos estamos aquí nunca hemos presenciado una batalla, pero ahora los cañones y el humo de pólvora menudean a nuestro alrededor, porque fuimos seleccionados en un casting y nos acaban de entregar nuestro uniforme o disfraz, según se mire, de harapos y vendas. Una indicación, expresa: nos hirieron en algún pasaje atroz y ahora vagamos por este campo, buscando la salvación o alguna forma decorosa de la muerte. Somos apenas cuatro, a más no alcanza la producción, pero hemos de valernos de nuestro dinamismo –por eso fuimos escogidos jóvenes– para figurar más personas.

La escena es farragosa y los protagonistas como que nos evitan, parece que el maquillaje de barbas consolidadas y brechas surgiera su efecto, pero este páramo se nos llega a hacer amigo y no hostil; nos sentimos cómodos, en nuestra fingida adversidad, vagando como almas que lleva un diablo sin costes de reparto por este escenario de dunas portátiles. Somos niños adultos que además serán recompensados con un cheque de cincuenta euros limpios por su esfuerzo de hoy. A veces –en ello va nuestro sueldo– hay que reforzar incluso nuestros movimientos decadentes con un mohín de desaliento, pues el gozo mercenario y postizo de ser un bárbaro se nos rebosa por la mirada.

A media jornada nos traen, en medio del desastre, bocadillos y refrescos. Habrá de repetirse el bombardeo, por eso las maquilladoras suceden a los reposteros, ahondando en las brechas y ensanchando los arañazos. Añadimos también, de nuestra cosecha, algún desbrozo más de las camisas.

Hay en todo, como haciendo escarnio de la situación, una calma golosa, que devorara nuestro tiempo tal si fuera también nuestro fin el de la escena. Suenan voces rutinarias. Acción. A pesar de nuestro entusiasmo, la repetición desemboca en el hastío y nosotros –en un momento en que nuestras miradas se cruzan– en una zona del baldío que no conocíamos, olvidados de todos. Apenas dependemos ya del tráfago de los realizadores, quizá nuestros bandazos ya fueron suficientes y ahora una rendija del pueblo que nos acoge nos lleva calle abajo. Pensamos que habrá que volver por nuestra remuneración, pero de momento todo transcurre lentamente y dos de nosotros ya han pedido, en una tasca del lugar, sendos vasos de vino que el mesero les sirve con un lenguaje arcaico pero confianzudo.

Ahora es difícil volver. No por negarnos a acabar con nuestra comodidad, sino porque cierta tensión nos lleva del trasiego de la tasca a calles donde soldados –que no conocíamos– nos apuntan. Se nos ocurre que es una manera ingeniosa de recordarnos nuestra vuelta al redil, pero los soldados insisten y su norte no es un escenario sino el camión donde se agolpan otros tantos desarrapados como nosotros, que, ausentes de todo, no nos ofrecen asiento. La broma se hace agudo presentimiento de algo que sintieron, acaso, los nuestros. Los que nos precedieron. No llegamos a hablarnos, los extras, pero –como nos es posible– saltamos del vehículo.

Por la noche, en una vieja casona, recuerdo con frío, y casi con vergüenza, el subsidio de mi fingimiento. Una pareja anciana me ofrece mantas y un teléfono –el móvil bien que me lo retiró la ayudantía de producción– pero todos los números que atesora mi memoria son inútiles. A medias convencido de mi suerte, mascullo alguna posibilidad para mi retorno, aun sin tener claro a dónde o a qué he de retornar.

El hombre, con gesto cansado pero sapiente, mientras aventa la chimenea, guarda silencio y sólo un rato después dice, de modo casi inaudible, ahora todo es muy peligroso. Nada le aseguro.

 

(c) félix molina, texto e ilustración

 

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