Calendario fm|al 2014

27 de enero |  Juan Crisóstomo de Arriaga y Balzola, 1806 – 1826

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Daría no desde luego cualquiera de los momentos que los seres queridos me han hecho vivir, ni lo mínimo que necesito para mantener esta ilusoria sucesión que es la vida, pero sí todo lo que por superfluo, por manirroto, por excesivo pueda acontecerme, con tal de vivir sólo un minuto (sus únicos sesenta segundos), siquiera en la virtualidad de la gloria que fue la mente de Wolfgang Amadeus Mozart.

Cuando otro genio, Milos Forman, nos puso ante los ojos la alegría y el drama de su espíritu, apenas pudimos internarnos en la nieve de las calles que pisaba, paladear la algarabía de su retozar por esta existencia, ensombrecernos por la penumbra de lo por venir y –mientras el hipotético veneno de raigambre romántica (la tesis del poeta Pushkin) iba haciendo de las suyas– arrinconarnos en una mesa de billar al tiempo que el trasiego de la bolas iba desgranando el ritmo de la Sinfonía Concertante.

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Pero esa plenitud de lo creado, de lo traído de la nada y llevado hacia ese todo que hace grano y alimento del paso de un minuto –con el mínimo esqueleto de un pentagrama–, acaso, entre los músicos de su época, sólo lo pudo disfrutar un compositor bilbaíno, también Juan, también Crisóstomo, pero de Arriaga. En Bilbao nació, aunque se acercará a París en un tiempo español de sombras tenebrosas, de pesadillas goyescas, antes de morir con escasos veinte años. A pesar de tan lampiña edad, este músico pudo arreglárselas para componer bastantes más piezas de las que se le conocen e interpretan usualmente. Pero la desgracia quiso que el catálogo de sus obras se conozca en singular, sin necesidad de numerarlas o de que un erudito les anteponga la inicial de sus apellidos (como esa K. crónica en todas las composiciones mozartianas). Su Obertura de Los esclavos felices se llena de ese fuego prometeico con el que Beethoven incendiaría sus partituras; uno de sus Cuartetos  merodea a Schubert, con ese trasgo de destino, de incertidumbre; pero su Sinfonía en re –en especial su último desarrollo, aquí interpretado en Nicosia, otro hermoso y exótico barrio chipriota de Bilbao– nos habla de un hombre que probó, por ese instante, la gloria de ser Juan, el delirio de ser Crisóstomo, el átomo de placer de ser Mozart.

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