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“Mariposas blancas”, en Platero y yo | Juan Ramón Jiménez, 1914

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Fue un libro de lectura. Escolar. Obligada, se quiere decir en estos casos. Y aún lo es en muchos países donde la lengua que nos une a veces –en este tiempo de déspotas no ilustrados– es nuestro único patrimonio. El burrito empezaba peludo, suave –sí, hasta ahí llegábamos todos– pero después su madeja de algodón se hacía dura, negra como la panza amenazante de burra de los celajes colegiales y melancólicos de Machado, y derivaba finalmente en callo de dolor sobre la mano propia, en toda regla. Todo por no saber unir una vocal con la extraña y geminada –paralizante hasta la sinestesia– consonante que le seguía.

Pero, pasado un tiempo –mis padres acaso recuerden la historia– si uno se entregaba a la voz melodiosa de la virgen que leía, si uno se abstraía de los retratos del abnegado dictador -recién muerto- y el oscuro sucesor –por entonces recién vivo, y hoy aún vivo, muy vivo, pero acaso no tanto como su parentela–, si uno se deslizaba por el tiempo sin tiempo de la infancia como por una caracola mágica, podía escuchar la música, el destello de la rima interna, el relámpago salvador que te hacia recordar, de repente –como en un mega oculto, maravilloso, hondo tal un pozo fresco de memoria– la cantinela dulcemente guardada en el hondón del niño desde la última lectura virginal, el rayo que no cesa, mínimo, justo, exacto que le evitaba a tu memoria corporal un reglazo.

Ha pasado más tiempo aún y Platero ya no es más dolor. Porque es música, posada sobre un zurrón, aleteante red, casi gasa, de una legión de mariposas, como en el bello cuentito (y poema) “Mariposas blancas”, sublimación de la poesía y, por qué no, del espíritu, de lo que no es contable ni durable, de lo que simplemente es, en todos, en cualquiera, en nosotros, por encima de verdugos y de reyes.

JRJ –con las jotas en vez de g que a él le venga en gana, yo ya no tengo regla que valga- Juan Ramón Jiménez fue mi primer proveedor de contemas y con prosas de alada melodía como ésta, rosado duermevela de un consumero que no creyera –como el pintor Rousseau– en las fronteras, me regaló también la suerte de vivir en la lengua, que es de nadie y de todos nosotros, la libertad de hablarme, hablarte y hablarnos, y de volar hacia un sol más justo y más grande que el de nuestras apreturas, como las entregadas mariposas del cuento, bando de nuestros sueños de personas y contrabando de los sueños opresores, borrascosos de unos pocos otros, contantes y sonantes, negros y solo suyos, siempre y majestuosa, oscuramente suyos. Como panza de burra.

platero esperantoNota práctica: El burrito, traducido a casi todos los idiomas –al margen una cubierta en esperanto– se puede encontrar en tantas ediciones baratas como mariposas había en el zurrón mágico que burló la aduana. Yo prefiero la de Taurus –que es de hecho el primer libro que leí, una vez librado de la odiosa obligación escolar–, con dibujitos muy básicos. La ilustración ha sido referencial en todas las ediciones de Platero –como en todo contema que se precie.
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Tan inencontrable, por otro lado, como algunas ediciones promocionales que son una belleza –la de la portadita en verde cartoné con dorados e ilustraciones del pintor Benjamín Palencia como la de la imagen, un volumen editado para celebrar el centenario del nacimiento de JRJ (y lo digo en el año en que se cumplen también cien de la imaginación de su Platero).
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Pero por si alguien –en este mundo sofisticado– no lo encontrase, acá lo tiene, trotón y dubitativo pero libre, leído con amor en la voz de 11 años de Humberto, un niño que es un trozo de mí mismo. Y sin regla.

Platero y él (audio) 

 

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