Un día | Y ya dos

lacalle

No es nada fácil hallarse ya casi en medio de esa mitad de la vida de la que hablaba Dante (al menos de la vida de su época) y, como de repente, encontrarse ante la calle de la felicidad, ante el momento exacto donde la vida es, porque es en otra.

Fue en esta misma calle. Acaso en el lugar mismo donde una pintada –que no es nuestra pero sí lo es– la encarna, la tinta de un rojo invencible. Allí –aquí–  tomó forma, inopinadamente, con la misma ternura e inmensidad (sin mi grandeza) de Beatriz en un paseo medieval, ya casi renacentista, de Laura  en un soneto de nieves y marfiles, de Leonor en los pétalos de una flor solitaria de montaña, de Josefina en la huida mortal hacia la libertad (por imposible que fuera), a lo mejor de la forma más suprema de lo amado: el infinito .

Y allí tuvo su nombre, para repetirlo en los mejores o peores momentos de la existencia –bajo el sol o la lluvia, contra el soplo pesado de las horas que fueron o el viento, presuroso como hoz, de las que vengan.  Ofelia, pero sin Hamlet y sin lagunas de tristeza. Ofelia, nombre de la armonía, del tras la vigilia, de lo que puede ser feliz y lo es, sin duda, con la certeza misma de lo cierto, que empieza apenas como sueño y se divulga por las venas como la respiración de cada día.

Hoy toda mi vida es ella, y lo mejor que de ella nació, sin esperar nada más porque ella es la luz sobre todo. Sólo lamento que los “grandes” almacenes se hayan puesto, por una vez, de acuerdo para remedar el latido de mi corazón. De nuestros corazones.

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