Obra escultórica de gran volumen | Henry Moore, 1960 a 1982

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No es una errata; es más bien el resultado de encontrarnos como envueltos en el conjuro de la voluminosa obra escultórica de Henry Moore (1898-1986), en el espacio mágico –junto a una catedral, un alcázar y el edificio que reúne todos los legajos del Descubrimiento– que ocupaba la exposición del ciclo Arte en la calle que organiza o promociona una entidad bancaria (gracias al rigor con el cual ejecuta créditos e hipotecas sobre sus sufridos clientes, auténticos mecenas de este escenario).

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Asistimos en horario nocturno, como corresponde a los perpetradores de este blog. Y, como por ensalmo, pero con la única medicina del arte y la noche, por instantes fuimos esa mujer o ese hombre que apenas se iluminaba con el crepitar de la grasa de los animales mientras los pigmentos del mar, de la plantita o de la entraña iluminaban también las paredes rugosas pero bellas de su acontecer.

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Lo primitivo y lo moderno. Lo ancestral y lo de ayer mismo. Todo parecía concentrarse en una noche telúrica, que nos atrapaba por nuestra misma humanidad, por nuestra conciencia –entonces y siempre– de pertenecer a un género que, por desgracia, mata o enajena, pero también es capaz de proyectar con volúmenes fascinantemente inmensos, rotundos, la grandeza de sus sueños.

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Ante nosotros estaban las formas sagradas –dignas de culto– de la maternidad, de lo monumentalmente femenino, pero también la discordia erigida en desazón del cuchillo (como  en la escultura que recrea la Victoria de Samotracia), o la aspiración, hecha mole, de la perfección, del óvalo.

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En el excelente blog  Estética del arte ya nos hablaron con rigor (pero del bueno, no el de las ejecuciones hipotecarias) de la esencia de estas bellísimas esculturas. Ahora, entre los hilos de trémula luz de una plaza esplendorosa de Sevilla, me quedo con la sensación que –a los escasos viandantes y observadores de esa noche- nos convocó con la fuerza de ese latido, terrestre y abisal a la vez, que nos iba sumergiendo –como a Tess of the d´Urbervilles  en la ensoñación de Hardy– en la noche única, unánime, humanamente amorosa y sagrada del Tiempo, de las horas como detenidas en el bronce en que, seres de luz y de sombra, fuimos y sentimos ya acaso para siempre.

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fotos: Humberto, 11 años
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