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Tramontana, en Doce cuentos peregrinos | Gabriel García Márquez, 1992

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… me traiga el recuerdo de aquel cuento. Yo lo leí en la playa, mientras soplaba otro, el de mis veinte años y la luz acunando el horizonte, en algún mar del sur. Es un cuentito cómodo, fácil de llevar, portable como un cepillo de dientes o el colmillo colgado de un tiburón. No es memorable, no, salvo por ese viento. La anécdota –cruzada de mentira y de verdad, como en todo lo suyo- de unos suecos, casi bordeando la ciénaga trasera del chiste, y, entre ellos, un chico temeroso, que escucha el canto letal. De ese viento.

La acción transcurre en costas peninsulares, muy cerca de donde Dalí soñaba relojes suspendidos en la arena del tiempo. Yo mismo me aproximé a esas costas –y entonces, en el duermevela del autobús que me llevaba a esa playa, soñé también con García Márquez, que soñaba con Dalí, que soñaba con el viento. Y el tiempo.

El cuento de eso trata: de cómo el tiempo –el del viento y el de las horas– sumerge al temeroso en la cápsula del final y su conciencia, en el vómito de la desaparición y su inminencia.

Quizá por eso el viento este, primero poderoso pero ya casi brisa, que lo fue entrando dulcemente, sin memoria, a la muerte, después de tanta crónica y tanto anuncio, me trajo el recuerdo del viento  y del cuento, de esa tramontana que sólo ha pasado por Macondo para llevarse nada, para que todo permanezca como estaba la vez primera que se desencadenó ante nuestros ojos, envuelto en su manto vaporoso, en su calor cariñoso de azaleas. Y allí sigue, intacto detrás de la puerta que separa la magia del olvido, libre ya de todos y cada uno de los vientos y los tiempos posibles.

Gracias.

 

doce_cuentos_peregrinosNota práctica: Son innumerables y tan peregrinas como su título las ediciones de estos cuentos. Pero la más asequible -apenas poco más de seis euros- la encontramos en Debolsillo, en un tomito que además se puede encontrar por poco más de un euro ya en mercados de segunda mano.
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