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26 de abril | Roberto Emilio Godofredo Arlt, 1900-1942 (fecha de nacimiento según Registros)

 

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Un párrafo, sí, de Roberto Arlt. Y prodigarme en la frente para ramificarme en el cielo como el enramado de un árbol. Nacer, por ejemplo, una noche y ser Lo negro entre los árboles crepitaba de crujidos nocturnos. Resbalando en curva vertiginosa se sumergió tras un macizo de sombras de alquitrán un punto anaranjado, para poder respirar, sencillamente, el aire que se liba entre las sombras, la exhalación común de los ahogados envueltos en la niebla del mar que los niega porque ya no dicen.

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A lo mejor, enredado en los puntos y en las comas, desenvolverme en la altura del decir, como Le resbalan los zapatos en la corteza lustrosa, los ramojos le fustigan elásticamente el rostro, alarga el brazo y se coge a una rama, asomando la cabeza por entre las hojas mojadas. La calle, abajo, sigue en declive hacia un archipiélago de árboles, y ya no ser ese frío de las horas verticales, dispuestas para nada, para el cansancio y la mugre del silencio.

Quizá almorzar –sólo palabras plenas, llenas, suyas– y perpetuarme como Husmeando pichinchas metíase entre fregonas y sirvientas a curiosear cosas que no debían interesarle, hacía de saludador arlequinesco, y en acercándose a los mostradores estañados de los pescadores examinaba las agallas de merluzas y pejerreyes, comía langostinos, y sin comprar tan siquiera un marisco, pasaba al puesto de las mondongueras, de allí al de los vendedores de gallinas, y antes de mercar nada, oliscaba la vitualla y manoseábala desconfiadamente, saciándome de lo que sea latido de sílaba, de lo que huya de la quemazón y el vacío de callar.

Pero lo mejor va ser confundirme con el estero de las cosas, navegarme hacía lo inanimado hecho vida con Un rayo de sol iluminaba en lo oscuro las bestias de carne rojinegra colgadas de ganchos y de soga junto a los mostradores de estaño. El piso estaba cubierto de aserrín, en el aire flotaba el olor de sebo, enjambres negros de moscas hervían en los trozos de grasa amarilla, y el carnicero impasible aserraba los huesos, machacaba con el dorso del cuchillo las chuletas, por ver si algo de existencia me va poblando los pulmones con su crepitación incesante.

 * * *

Seamos algo que caiga en los rincones, con dulzura pero sin padecimiento, rítmicamente pero adiós, vibrantemente pero siempre, a la par de Tras los vidrios de la ventana que daba a la calle, frente a la balconada, veíase el achocolatado cartel de hierro de una tienda. La llovizna resbalaba lentamente por la convexidad barnizada. Allá lejos, una chimenea entre dos tanques arrojaba grandes lienzos de humo al espacio pespunteada por agujas de agua.

Definitivamente, yo hoy, para celebrar el nacimiento de uno de los narradores más felices de la literatura, quiero ser –al menos por todo el día– uno de sus párrafos, sin más dormitorio, lector, que tus ojos que leen, lentos aprendices desde la infancia. Y tu mente que guarda, viva centinela desde entonces.

Y así ser. Cesando en cada pausa. Sobreviviendo entonces al final en También agradábame en las mañanas de primavera corretear por las calles recorridas de tranvías, vestidas con los toldos del comercio. Complacíame el espectáculo de los grandes almacenes interiormente sombrosos, las queserías frescas como granjas con enormes pilones de manteca en los estantes, las tiendas con multicolores escaparates y señoras sentadas junto a los mostradores frente a livianos rollos de telas; y el olor a pintura en las ferreterías, y el olor a petróleo en las despensas se confundía en mi sensorio como el fragante aroma de una extraordinaria alegría, de una fiesta universal y perfumada, cuyo futuro relator fuera yo.

 

Nota: Todos los párrafos que yo quisiera hoy ser lo son de Los lanzallamas (1931), Los siete locos (1929) o El juguete rabioso (1926), textos todos de Roberto Arlt. Y ya del universo.

 

 


 

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