Calendario fm | al 2014

3 de junio | Rosa Chacel Arimón, 1898-1994

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Esta rosa no se desmenuza entre los dedos, sino que nos comunica el polen de su aliento de página a página, con la fiebre de lo diáfano, de lo que luce bajo el sol porque es y siente.

Esta rosa tuvo la fortuna –no como aquella Cecilia– de no tener que ser Fernán, o Caballero, o vasallo de nadie, porque pudo ser ella misma, en la literatura.

A esta rosa, que yo conocí (como lector suyo) ya ajada por fuera, una con sus gafas de soñadora, abuelita que me leía los cuentos inteligentes, vivos, que yo quería escuchar (en el sentido puro y bueno de inteligencia y de vida por el que se partió Unamuno el pecho en la Universidad cuando a alguien se le ocurrió asesinarlas), la venero por muchas cosas, pero sobre todo por el uso del idioma, que hace del castellano –su español es castellano– una lámina transparente, luminosa.

Yo me adentré en esta rosa por Leticia Valle y sus memorias. Un libro tan íntimo como moderno, puesto que su primer párrafo, escrito desde los ojos cerrados de su personaje-voz, nos habla de nuestra honda preocupación, del tránsito y el descubrimiento:

El 10 de marzo cumpliré doce años. No sé por qué, hace ya varios días que no puedo pensar en otra cosa. ¿Qué me importa cumplir doce años o cincuenta? Creo que pienso en ello porque, si no, ¿en qué voy a pensar?

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En un día (no el del natalicio de esta rosa, sino el de la publicación de este comentario demorado) tan joyceano como hoy, me recuerda la “niña” Valle esa lucidez de Stephen , el eterno estudiante de Joyce. Pero librada, entre las vetas de su interioridad, desde la serena austeridad castellana, la que hace de lo distinto lo exótico, y lo embellece, como en esas fotos donde sobre el blanco y negro se busca la coloración de un perfil que brilla con luz propia:

Volvimos a remontar la calle de Santiago hasta el primer trozo. Allí entramos en aquella frutería pequeñita llena siempre de frutas de otras tierras. Parecía increíble estar respirando el hielo en la calle y entrar a oler las piñas de América y las limas colgadas en grandes guirnaldas por las paredes.

Los libros  de esta rosa son siempre –como aquel Ocnos de Cernuda– un paseo por la rememoración como alimento. No como simple sustento, apagado, de la nostalgia; sino como fruto que retornara para dar vida, dentro de otra vida.

Esta rosa, flor del pensamiento (de hecho la colocan como discípula de Ortega) hecho palabra libre, se llena para mí de un aroma que la despide mayúscula, por encima de muchas ceremoniosas pequeñeces que hoy nos asolan, hijas de la celebración de nada –o acaso de la abdicación de todo.

Sigue, aunque ya no latido a latido, pero sí palabra a palabra, desgranando su polen. Sencilla pero oculta e interior. De todos sus lectores pero ella, siempre ella: Rosa Chacel, escritora.

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