Caníbal | Manuel Martín Cuenca, 2013

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Hace ya un buen tiempo que quería visionar esta película –lo de hincarle el diente me parece una frivolidad que, no obstante, no dista mucho de las gotitas de humor negrísimo que destila Caníbal.

Se trata de una cinta que, desde ya, va a entrar directamente en el rubro de las incomprendidas. Primero por lo que el autor –la película lo tiene, quien la confecciona no es un sastre que cose a la medida de la taquilla– propone. Rumié Caníbal un número considerable de horas –sigo con la bromita– y al final llegué a la conclusión de que sólo podía vislumbrarse desde el arte, de que sólo podía explicarse desde la conjunción de un diseño fotográfico propio de un expresionismo moderno (en la línea del Bigas Luna de Lola, pero con mayor transparencia, o con una nitidez de raíz oscura), el minimalismo textual propio de un Baricco  y el sonido y la furia elíptico de una ópera (bañado de lluvia, de nieve, de viento, de horas de sintonía clásica, de mar). Le pasa a Martín Cuenca con este artesano antropófago como a Víctor Erice con el Antonio López de El sol del membrillo, otra sonata fílmica. U otro retablo de interior.

Los críticos que más se ceban –continúo con la chanza– con esta realización  lo hacen desde la legitimidad de la adscripción a un género, que decide todos los pasos de una dirección. No se les ocurre pensar (o sí, que sé yo) que Manuel Martín Cuenca dirige esta película como podía componerla. O pintarla. En su imaginario está, por supuesto, el Nosferatu granadizado que borda el sastre caníbal de Antonio de la Torre, pero también uno y muchos cuadros de retina postimpresionista (a mí la gasolinera del primer plano-crédito se me parece mucho a la de Hopper, entiéndase más en el concepto de soledad devoradora que en la traza). O la Lulú de Alban Berg. O no sé cuántas imágenes más que van poblando una mente abierta a lo que se visualiza cuando lo creado pertenece, sin más, a un género propio: el de una película con voluntad de ser muchas otras obras de un arte devastador, solitario, insomne, lírico y mortal. Canibal-ismo.

Segundo, y por no despreciar (que ya se ve que no estoy en ello) la catadura de la película como filme, me quedo con la escena que transcurre en la playa, frente al mar, con el caníbal atenazando a su presa, sola en la orilla de su muerte –lamento el spoiler, pero la escena es muy intensa, ya verán los que no han visto. Tanto y tan poco a la vez que ver con la escena del Frankenstein mítico, con la niña y el lago de fondo (tan del gusto también de Erice por cierto).

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Escena de Frankenstein (James Whale, 1931)

 

He visto algunas decenas de películas del género –incluyendo, sí, las canónicas, como Henry, retrato de un asesino. Y en ninguna he visto la soledad, la angustia, el acabamiento que brilla en los ojos de este asesino, casi estrellas en la noche declarada de esta supuesta playa granadina.

Caníbal, de Martín Cuenca y De la Torre (llegado a este momento es justo atribuir su autoría a ambos, en conjunción con el fotógrafo Pau Esteve Birba) trata de la soledad. De cómo nos cambia –o no–, pero en cualquier caso nos deja inermes frente al mundo, capaces sólo de devorar (aun sin dientes de por medio) o de ser devorados lentamente por su padecimiento.

A De la Torre, por cierto, nos lo cruzamos muchas veces en un parque. Y, pese a que su director en Caníbal no es amante de las adscripciones al género, confieso que, desde el visionado, cada vez que a nuestro lado pasa lo sentimos, y mucho: miedo.

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