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12 de julio | Amedeo Clemente Modigliani, 1884-1920

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La vida, desde Amedeo, no sé si fue más duradera, porque lo efímero y lo peregrino siempre la han caracterizado, pero al menos sí fue más alta, en el sentido más estético y manierista de la longitud, por encima de consideraciones ópticas (propiciadoras de interesantes tesis), que hacen primos hermanos a El Greco y a Amedeo, poseedores de una especie de intuición genialmente guiada como por un astigmatismo nada abotargante.

Más que una desviación, el arte y la altura de Modigliani reflejan –en medio de una vida por demás sórdida y opalada, llena de brillos y oscuridades– una búsqueda, un afán que me recuerda más que nada al famoso ciprés de Gerardo Diego:

 Silos

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.

Hablar de espíritu en un creador tan venal como Modigliani pudiera parecer gratuito, pero, más que en su valoradísima (y con razón, en muchos de sus retratos) pintura, yo me vengo a fijar en su escultura de elevada inspiración, aunada a un ascendente africano, que siempre resultó una enseña poderosa en el arte a partir del siglo XX (uno recuerda el caso de Barceló). Por no hablar de cómo esa elevación después fue puro dinamismo, en las manos de un Giacometti.

 

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Por encima de cualquier análisis detallado (que queda para otros compañeros de la blogosfera) de esta obra, atípica como para cuajarse entre la desazón de la absenta y el flirteo, siempre me ha llamado la atención un fenómeno de nuestros días: el merchandising que se ejerce sobre ella sin compasión. Y la inquietud de preguntarse qué dirían Van Gogh, Frida Kahlo, Gustav Klimt o el propio Modigliani al ver sus pinturas detenidas en la culata de un mechero, envolviendo una computadora portátil o asomando al fondo de un gin tonic. Curioso que creadores que apenas pudieron ver dos obras suyas, una tras otra, en una galería, dieran hoy en sonarse con Campo de trigo con cuervos…

Tampoco ha tenido el bueno de Amedeo suerte con las películas. Por encima de cualquier comparativa –que no estaría mal para una entrada sobre el particular– la cinta que en castellano se ha llamado Pasión por la vida  se queda muy lejos de otros biopic, como el épico de Vincente Minnelli sobre Kirk Douglas –perdón, sobre Van Gogh…– que por cierto si era en su versión original Lust for life. O la manierista y primigenia Moulin Rouge (no, no la otra), espejo deformante de la vida de Toulouse-Lautrec, encarnada por un insoslayable José Ferrer. O siquiera de películas tan honestas como la más reciente sobre Séraphine Louis, con un gusto también gerardiano por los árboles como fábula del ser humano y sus sueños.

seraphinefin

Para la historia del arte –también al parecer para la de la vida: véase este curioso enlace Modigliani no deja de desprender un tufillo a demasiada curiosidad, como a ornitorrinco del volumen y el retrato. Para mí es un pintor y (sobre todo) un escultor profundo, de importante legado, que se perpetúa tomando vida aún en otros creadores. Y un espíritu –ahora sí– elevado, claro, como por encima del mal y del bien de una existencia acaso muy agitada.

 

 

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