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26 de agosto | Julio Florencio Cortázar Descotte, 1914-1984

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Independientemente de sus cuentos, de las “novelas” Los Premios, 62/ Modelo para armar, Rayuela, independientemente casi de su literatura más “canónica” (si lo canónico puede ser algo de Cortázar, un ser de palabras que construye y destruye a todas horas su edificio, como aquel cubito manipulable de colores),

otrosjuliosCortázar fue muchos Julios en uno: personal y diverso, ya como traductor de rigurosas notas de la Unesco o de literatura francesa e inglesa (me quedo con su Poe, que dilata en las sombras del miedo ese cercenarse por la incertidumbre de la propia existencia, qué mayor misterio: Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre); ya como hilarante y detallista demiurgo que construye los mundos paralelos y paradójicos de los cronopios, los famas o el tal Lucas; ya como propagandista misceláneo de sí mismo (La vuelta al día en ochenta mundos) o de unas ideas políticas sentidas y soñadas como justas (Libro de Manuel); ya como poeta incesante y antiépico, cantor si acaso del olvido:

No pregunto por las glorias ni las nieves,

quiero saber dónde se van juntando

las golondrinas muertas,

adónde van las cajas de fósforos usadas.

Por grande que sea el mundo

hay los recortes de uñas, las pelusas,

los sobres fatigados, las pestañas que caen.

¿Adonde van las nieblas, la borra del café,

los almanaques de otro tiempo?

Pregunto por la nada que nos mueve;

en esos cementerios conjeturo que crece

poco a poco el miedo…

Por menos conocido destaco su empeño de enciclopedista, su afán de ensayista difuso aplicado al primero estudiante de medicina, al púgil a ratos, al por desgracia turbiamente enamorado y finalmente tuberculoso, al siempre poeta de poetas de su Imagen de John Keats (al frente del lustroso tomo coloca Cortázar toda una declaración jurada, donde lo afirma un libro de sustancias confusas, nunca aliñadas para contento del señor profesor, nunca catalogadas en minuciosos columbarios alfabéticos; no lo creamos demasiado: como nos demostrará el poeta Francisco José Cruz en esta prodigiosa entrada, son muchas –y sensibles– las aportaciones del divagador, el dinámico comentarista, el jovial anotador Julio Cortázar).

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Nos queda, por fortuna, también ese otro Julio, el que se dejó escuchar y visionar en las horas de su vida y nos ha dejado reliquias como las de la entrevista de Joaquín Soler Serrano, inopinado y valioso Pigmalión de nuestros primeros recuerdos de tantos geniales y voraces creadores que se acercaron en un blanco y negro luminoso (para la época, en general oscura) a nuestras salitas-comedor –aquí van dos horas que bien pueden sustituir a cualquier biografía más o menos autorizada:

O la voz que quiso dejarnos en un disco de poco más de media hora, testimonio del Cortázar locutor, con erres que se acomodan entre la dicción del frenillo y el amado francés:

A todos estos Julios, y a los que con el disfrute de su lectura han de venir, cien (y mil) gracias.

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