Edipo Rey | Sófocles, en montaje del 60 Festival de Teatro Clásico de Mérida

bocadelaverdad

Ahora que por desgracia el verano agoniza en Europa, parece el tiempo adecuado para reencontrarse con verdades profundas –como la de las palabras– dígalas Agamenón o su porquero, aunque su porquero sea en este caso Sófocles, el trágico de hace más de dos milenios que hizo de su Edipo rey el cañamazo donde nada menos que toda la psicología de hace cien años fundó la trama de su analítica.

La boca de la verdad es ahora una atracción de feria, donde, tras el estruendo que emite una voz mecánica, se nos escupe un papelito con nuestro horóscopo, simulacro de aquel oráculo que era la espina dorsal de las tragedias. En el siglo de la información –más que del conocimiento– la verdad siempre tiene una marca o una cabecera, con su trasiego más o menos alegre y volátil de eslóganes o titulares; ya no es ese verraco sin fisuras cuya sombra amenazaba a los griegos clásicos y los hacía justos o necios, tontos o locos.

Como nos sabemos relativos, indeterminados, tal el aire mismo que nos rodea y el movimiento de las partículas que nos encaminan hacia esa hermosa ilusión llamada futuro, esa estrofa ritual que en boca del profeta resume nuestro destino nos resulta indiferente, un mero recurso de dramaturgo clásico.

Sin embargo, el teatro no es ajeno a la magia, y la noche que nos sentamos sobre piedras aristadas para presenciar este montaje de la edición número 60 del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, todo se convocó para hacernos creer hijos de un destino más que de un azar o una voluntad –ponga cada cual su afán en lo que crea. La música (preternatural o, más bien, bellamente “antehumana”), la sencilla y efectiva puesta en escena, la seca y prodigiosa interpretación y dirección artística y el texto bien vertido nos hicieron por poco más de dos horas súbditos de aquel malhadado Edipo que no supo o no pudo reinar ni en sí mismo y se pretendía rey de otros, hasta que un ciego lo puso en su sitio. Y por fin pudo ver, en su ceguera –a mí la historia esta me recuerda (pura casualidad) a no menos de medio millar de casos históricos…

Justo para rematar la sensación aguda de realidad (o para acrecentar, unamunianos, la de nuestra irrealidad), un espectador inquieto que se sentaba detrás de Ofelia y de mí lanzó, en la profundidad total de la noche, algo que parecía un exabrupto, pero no era más que un ruego al actor que encarnaba al rey incestuoso (al ¿actor?):

¡Edipo, más alto! No te oímos.

Y de repente, abandonando el choteo de los lemas vanamente impresos en nuestras t-shirt (con los que tantas veces no estamos de acuerdo, a pesar de vestirlos) todos parecíamos –sombras de ese grito- como togados corifeos de esa sinrazón que asesinaba la felicidad del desgraciado Edipo.

Por unos pocos instantes de verdad, bañados por la certeza cándida de una luna espectadora, también fuimos, como los griegos de entonces, menos relativos, más atados a un destino, pero quién sabe si igual de humanos, débiles y mortales, por encima (o más bien por debajo) de dioses y/o leyes físicas. Y el bueno de Sófocles –una vez más–, gracias a las mujeres y hombres de carne y hueso coetáneos que figuran en el cartel de abajo, hizo extraños hermanos, de incertidumbre, de desazón, entre gradas separadas por unos dos mil años.

edipomerida2014

Dejo aquí dos mínimas muestras de este bello montaje, por si alguien quiere indagarlas:

 

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