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25 de septiembre | Robert Bresson, 1901 -1999

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Imaginar a un cineasta que huya constantemente de la actuación –sí, de la interpretación actoral– y casi de la escenografía o de la puesta en escena, que abomine de todo ello o lo considere poco menos que un postureo nada conveniente con cualquier estética, pudiera parecer una fantasía o una paradoja, pero este afán se hizo celuloide en la obra fílmica de Robert Bresson.

Acercarnos a su blanco y negro es descubrir recién barnizado –parece que aún está por ahí colocado, dentro del plano, el ojo, que pinta– el espíritu del cine como mirada que capta e interpreta, de cámara que lee, por encima de cualquier otro valor añadido por la industria o el “caché” de un elenco. En toda esa ascesis, en ese despojamiento extremo, el director se queda siempre con la parte de la historia y su sentido: lo que quiere decirnos y por qué, su consideración humana.

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Pocos artistas nos mienten menos que este Bresson que con la breve peripecia de una mano –apenas unos planos– ya nos está contando, sin más, toda la aspiración de un prisionero, en el comienzo mismo de Un condamné à mort s’est échappé, “Un condenado a muerte se ha escapado”, 1956). Con pocos podemos sentir más noble el arte de birlar (la cartera antes que los sentimientos, siempre con Bresson) que con el carterista minimalizado de Pickpocket (1959). No muchas historias nos parecerán tan sinceras como la debilidad y el apocamiento del cura que intenta sobreponerse a sí mismo, ante su desabrida parroquia (y ante el mundo, cabría decir) en Le Journal d’un curé de champagne, “Diario de un cura rural”, 1950).

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Bresson parece elaborar su cine desde la nada: pocos nombres o rostros maquillados podremos sacar de sus cintas, donde casi anónimas las manos, las espaldas o las cabezas silentes parecen gritar el dolor de la existencia para después dejarnos losas de silencio perfumado de verdad, de autenticidad –como la piedra que se tirara al agua quieta, para que explote dentro y sólo así diga, explique, cuente.

Su arte, labrado de momentos cruciales sólo para sus personajes y sus espectadores (toda su filmografía parece más un secreto que una proclamación) nos ha dejado muestras más allá de la docena escasa de películas que realizó, perpetuándose en muchos de los planos de Krzysztof Kieslowski, Aki Kaurismäki o Jim Jarmusch.

Con enorme sencillez, casi con apagamiento, responde elegantemente a las preguntas de dos hieráticos inquisidores (así nos parecen hoy) en esta entrevista coetánea de sus películas que por aquí os dejo –lástima que no puede encontrarse en lengua española, pero es suficientemente elocuente, creo, en cualquier idioma:

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