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20 de octubre | Jean Nicolas Arthur Rimbaud, 1854-1891

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Jean Arthur Rimbaud, homenaje en cuatro movimientos y una coda con versos

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I. En Charleville –tras los cristales rotos por la lluvia

Cenagosa, la infancia es después –cuando la fiebre le azota– un jardín de orquestinas, damas y caballeros endomingados mientras el “merde, merde” se empasta en la boca del niño. Años de bucear en las aguas verdinegras del latín –estudiado y ya escrito, mejor, versificado– y sacar diamantes multicolores para después engastarlos, con menuda alquimia, en los cascos de los esquifes, enjambrando la deriva del barco ebrio, teselando la lluvia –entre ingenua y desquiciada– de las vocales lánguidas sobre el mundo ridículamente consonante, único, vulgar.

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II. Mecido por la ventisca de Los Alpes

Pasada la pubertad, que coincidió en este caso con la senectud del poeta, atravesada con dolor de brutal iniciación, mezclada con tabaco grueso de marinero y noches vagando con las manos en los bolsillos entre la infinitud de las estrellas, sus suelas llegaron a pisar París y Londres, robando con su horma el calcetín marmóreo de Verlaine. Y tras hurgar en los cadáveres  de guerra, apenas domeñados de su corrupción por el aliento de la naturaleza, penetró las cimas heladas, mínimamente sustentado por la cerveza y el jamón bien caliente de las casuales tostadas. Entonces llegó  –como el halo que envuelve a la farola– la epifanía atroz, la confusión iluminada que desemboca el hilo turbio y alquitranado de las ciudades en el aljibe sin mesura de la poesía.

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III. Cerrando los ojos, cercado por la arena del desierto de Harar

Una mañana la ceguera fue el viento, esparciendo su mies por el aire sin pausa del páramo. Atrás quedaba el espíritu grasiento del negrero, arropado ahora por una turba de fieles esclavos que lo portan entre parihuelas, cojo como un ditirambo, rendido como un dios olvidado. Lo importante es ceñir, entre tanto terrón, la lumbre de algún verso, que siga crepitando con su luz cenital en el fondo del pecho. Regresa entre las sombras y el silencio del llano –torcida la rodilla, la cabeza trajinada aún por el sueño– al mundo que no le dio más paz que el infierno.

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IV. Delirante, engullido por las sábanas de un hospital marsellés

Su desazón dibuja, entre los barcos que divisa varados en el puerto, esa mugre del existir que cinceló Le Clézio en el principio de La cuarentena. Le quedan unas horas con retratos de Isabel, la hermana (o mejor, la única familia), auspiciando el final con recuerdos del patio sencillo de la infancia –quién sabe: los piojos , las sotanas, el tachán civilizado de la orquestina domada por Offenbach.  Afuera, lejos de las ventanas, las gaviotas rompen el cielo con los alejandrinos densos que luego se apagan en el mar con cadencia de dodecasílabo, presagiando los cementerios marinos de Valéry. Ahora apenas respira, todo su ser es uno con la ausencia. El poeta ya fue. Vive su poesía.

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La coda la conforman estas líneas que pertenecen y anticipan uno de los capítulos más o menos líricos de Los malditos poetas , aún no publicado. Aquí lo suelto, como una más de esas gaviotas…

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Las ilustraciones son de la siguiente procedencia:
La primera es una troquelación propia sobre la famosa foto de Carjat. La manzana es nuestra.
La segunda es una reproducción del “Coeur volé”, el elegante y pleno lamento de Rimbaud hecho fastuosa poesía, tal y como aparece en el no menos elegante álbum Vida y hechos de Arthur Rimbaud.
La tercera es el retratito de A. R. que hizo Verlaine, con su gabán y su pipa, reproducido en el mismo libro.
La cuarta es un retrato africano de A. R., ídem.
La quinta una parte del enigmático homenaje a Shakespeare “Ofelia”, con una bella ilustración alusiva, tal y como aparece en la edición de El barco ebrio y otros poemas que cito abajo.
 ***
A modo de biblioteca práctica, endoso aquí los siguientes libros biográficos sobre Rimbaud –sigue también la advertencia de que no todos son encontrables / económicos:

 

rimbaud1Vida y hechos de Arthur Rimbaud es un lujoso álbum que recopila los principales documentos literarios y gráficos sobre el poeta –y sobre el tratante–, en una cuidadísima edición de Poesía.

 

 

rimbaud6Arthur Rimbaud, de la meticulosa biógrafa Enid Starkie, es un volumen editado por la imprescindible Siruela que no escamotea las sombras personales del poeta, además de introducirse como nadie en su poética, desde los propios textos.

 

 

rimbaud7El Rimbaud en África de Charles Nicholl (Anagrama) es uno de esos libros vagamente anfibios que transcurren entre lo terrenamente histórico o factual y lo más pantanoso, casi novelado, aun sin llegar a la novelación de El corazón robado de un Henning Boetius o el primer tercio de La cuarentena de Le Clézio, grabado de las últimas horas marsellesas del poeta.

 

 

barcoebrioEl barco ebrio y otros poemas es una nueva y preciosa (en todos sus sentidos) recopilación de poemas de Rimbaud en hermosa edición bilingüe de Nórdica, con no menos bellas ilustraciones. Como suele suceder, no están todos los que son pero sí son todos los que están.
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