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 Literatura y…    música / cine

Gustav Mahler (5ª Sinfonía, Adagietto) – Thomas Mann (Der Tod in Venedig) – Luchino Visconti (Morte a Venezia)

 

Como si fuera una misma ópera, de factura desmenuzada, dispersa en la tramoya del tiempo, o los destellos de un mismo diamante cuyas facetas va decantando el roce de los siglos (final del diecinueve, principio y final del veinte…), la muerte sembró el todo de los violines, que después se hizo párrafo, para acabar en la aurora de un plano, apenas acusando la eternidad del horizonte, sobre la levedad mortal de cualquier aspiración, cualquier anhelo…

muerte en venecia

Sólo faltó un pintor, que añadiera más luz a la perpetuación del arte.

***

Hará unos años, bajo la luz fantasmagórica de Goya, las sombras agazapadas de La muerte… volvieron en la forma de aguafuerte, en uno de Los siete burros de Goya, que anticipo y reproduzco aquí:

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Burro doctor 

El mal me cercenaba. Era primero una agitación sudorosa y, en mi interior, como un movimiento sin fin de órganos y sistemas. Pensé en el trópico. O en una muerte silenciosa y contemplativa, muy cinematográfica, chorreando betún en una hamaca, al poniente veneciano. Como pude alargué el brazo y llamé al “dottore” –esperando inútilmente al Pantalone, a Colombina al otro lado del hilo. Sonó una voz de terciopelo, casi amorosa, que me rogaba en un perfecto italiano “non lasciare il letto”, súplica sugerente y a la vez idiota, en mi estado. Poco después llegaba, chocarrero y sinuoso, las orejas enhiestas, un galeno cárdeno, boquirrubio, que me tomaba el pulso con una pezuña y me ponía la otra en la frente. Pulsaciones y temperatura eran normales. Perfectamente normales. “Bene, tutto va bene”, dijo el doctor, y, sin más, se propuso inyectarme. Nos enzarzamos en una lucha estúpida, que acabó con una aguja hipodérmica desmesurada justo donde nacía mi safena. Cuando me desperté, el doctor ya no seguía allí. Fuera, el cobre veneciano se iba derramando con mesura por las escalinatas y los conventillos. Y los cambios se fueron sucediendo –sin precipitación pero sin pausa. La piel dejó su sitio a la greña –a veces áspera, a veces suave–, la voz al rebuzno, los dedos se simplificaron en un nácar inusitado y agreste. El corazón quiso seguir intacto.

© Del texto: félix molina

 

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