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fm | al en el 11 Festival de Cine Europeo (I)

White God  | Kornél Mundruczó, 2014

Sorprendidos por una cinta que hizo de nuestras expectativas un melancólico sucedáneo del latón, frente a las pepitas de oro que pudimos extraer de su visionado. Nada menos que toda una coreografía fundada en una fabulación que hace de la hipérbole y la fantasía (¿qué sucedería si una reata de perros campara a sus anchas por Budapest?) sus herramientas más productivas.

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Eso de volcar en los animalitos las obsesiones y transgresiones de nuestro existir tiene una historia muy curtida en el imaginario artístico y literario, que bien puede empezar con el clásico que da título a este comentario y continuar, por ejemplo, con la prosapia de los Grimm  y  H. C. Andersen,  el gato Murr de E. T. A. Hoffmann, la ballena Moby Dick de Melville o la Rebelión en la granja de Orwell. Hacer de un graznido o el coletazo de un cetáceo –en pleno puritanismo trascendental norteamericano– todo un grito contra la cólera de un dios tirano, no deja de ser un ejercicio inteligente de reflexión crítica en medio del sometimiento.

Kornél Mundruczó podría haber tejido una documentada historia en torno a las contradicciones de una Europa que parece haber lavado todas sus culpas con su relativamente reciente unión, y colocar ante nosotros una nutrida representación de inmigrantes, de personas al cabo intentando penetrar por las rendijas del sistema para alcanzar la salvación de sus días terrenos, limpiando hamburgueserías o ocupándose de las chapuzas de los europeos. Sin embargo, conociendo nuestra particular empatía con los perros –que ha hecho de más de uno un Schopenhauer activo, en eso de cultivar la amistad con estos animales, por encima de todas–, se lanza a rimar una prodigiosa danza visual como desencadenada por la imaginación rebelde de la niña protagonista (en una hierática pero efectiva interpretación de Zsófia Psotta, aunque la interpretación más convincente la hacen los perrillos que dan vida a Hagen), donde los animales, castigados por una caprichosa y racista disposición humana que distingue entre puros y mezclados, luchan con garras y dientes, sin metáforas, contra la mezquindad.

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Lo que más nos gustó es que, sin abandonar este armazón ético, el autor (este es todavía, sí, cine de autor; esperemos que para nuestro bien –no sé si para el suyo– la industria no se lance sobre él y tengamos entonces Invasión canina II) se abandona con gusto a la melodía y a la rapsodia y nos entrega una creación sembrada de esperanzas: la juventud, muchas veces insobornable; el arte, la música, siempre apareados con la sensibilidad y el mejor espíritu humano, el más indomable. Y todo narrado a través de la más genuina inspiración cinematográfica, del mejor desempeño visual, hasta desembocar –como orquestalmente– en la cadencia final, que fascinará (como nos arrebató a nosotros) a más de un amante de los animales. Y, de paso, a más de un melómano.

Nota práctica: No está mal aprovechar el ejercicio alegórico de abstracción que propone la película y desembarazarlo con una apuesta real contra el maltrato animal, que dejamos por aquí, por si es del interés de alguien:
https://www.change.org/p/magramagob-establezcan-medidas-contundentes-contra-el-maltrato-animal
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